sábado, 20 de abril de 2013

EL ALMA SE ENRIQUECE CON EL CONOCIMIENTO DE LOS ATRIBUTOS DE DIOS

Robert de Langeac
La vida oculta en Dios


Cuando un alma entra por primera vez en Dios, experimenta la impresión que tendría una persona que penetrase de repente en una vasta habitación llena de los tesoros más ricos y más variados. No captaría cada uno de ellos con detalle, sino que tendría solamente una visión de conjunto. Pero esta visión le causaría un gozo único, hecho en cierto modo de todos los goces que gustaría si le fuera dado admirar cada uno de esos tesoros en particular. Tus atributos, Dios mío, son esos tesoros. Al unirse a Ti, el alma interior los ve de una sola ojeada y los saborea todos a la vez, porque Tú eres la riqueza y la simplicidad a un tiempo. Y la impresión que produces en nuestro espíritu y en nuestro corazón participa de ambas. Al encanto de este gozo, tan nuevo para el alma, se añade algo inagotable, infinito, que se mezcla discreta y deliciosamente en él, como sello propio de los goces verdaderamente divinos.

Poco a poco el alma se habitúa a vivir en esa celda interior. Habita en ella. La convierte en su morada. Cuando tiene que dejarla, sufre; se siente incómoda, como alguien que se encuentra fuera de su sitio. En cuanto puede vuelve a ella.

Pide humildemente a su Dios que al reciba de nuevo. Dios no siempre la atiende inmediatamente. Entonces ella suplica, y espera confiada y en paz. Pero permanece allí, como verdadera virgen fiel, atenta al menor sobresalto precursor de la venida del Esposo. Llega un momento en que su Dios le hace entrar de nuevo en Él. Nuevas luces, nuevos asombros; nuevos goces también, y mucho más profundos; he ahí la recompensa de su fidelidad: "¡Muy bien, siervo bueno y fiel…; entra en el gozo de tu señor!". (Mt. 25, 21)

El gusto general que experimenta el alma en su primer encuentro con Dios se precisa y concreta poco a poco. Sucesivamente, cada uno de los divinos atributos se deja conocer mejor y saborear más. El alma los participa más a fondo y de modo más consciente. Acabamos por ser lo que amamos. Y en este caso, la cosa es tanto más fácil cuanto que Dios habita realmente en el alma. Está como al alcance de la mano. En cuanto se muestra, la voluntad se lanza hacia Él y se adhiere a Él con todas sus fuerzas. Se produce entonces como una deificación consciente del alma, ya general y confusa, ya más precisa y más clara en forma de comunión en el Poder, en la Sabiduría, en la Bondad, en la Misericordia o en algún atributo de Dios. Se hace también bajo forma de unión, ya con la Trinidad íntegra, ya con alguna de las Tres adorables Personas.

Cada persona de la Santísima Trinidad (aunque esto suceda por una acción común) se asimila el alma y se la asemeja para que pueda actuar del mismo modo que aquella Persona y logre su dicha en esa acción.
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