quinta-feira, 10 de janeiro de 2013

Silencio y soledad del corazón



Robert de Langeac
La vida oculta en Dios

Mientras haya alguien o algo entre el alma y Dios, la unión perfecta no será posible. Y es la única que da la verdadera paz. A nosotros toca, pues, hacer el vacío.

El alma verdaderamente prendada de Dios se complace en vivir sobre las alturas de sí misma en profunda soledad. No hay en ello, por su parte, ni melancolía ni misantropía. Hay la clarísima convicción de que para encontrar a Dios, para hablarle, para amarle, conviene a un mismo tiempo aislarse y elevarse. Dios no habita más que sobre las alturas o, si se quiere, en las profundidades del alma.

Ahí es, pues, adonde hay que ir para encontrarlo. Por lo demás, no hay medio más seguro de agradar a Dios y de obtener sus gracias que ese silencioso aislamiento sobre las cumbres.


Salvo indicación contraria y precisa que venga de Dios, apartad, pues, de vuestro pensamiento a toda criatura cuando dialoguéis con Jesús. Dios quiere normalmente un alma «sola». Después de haber pedido por las almas que os estén confiadas y hablado de ellas a Nuestro Señor, quedaos solitarios en la oración. Encargad al Señor que pague vuestras deudas y luego proseguid. Es menester que el recuerdo de X... no sea en vuestra alma un obstáculo para la Gracia. Pedid a Jesús que os deje participar en el afecto que Él le tenga, de tal modo que el vuestro venga únicamente de tal fuente, y todo irá bien. Y destruid sin temor todo lo que sintáis que no viene de ahí.

Me pongo contento cuando encuentro un alma que padece con el aislamiento, pero que lo acepta. Nada puede tranquilizarme más, porque todavía no he conocido una sola que haga progresos en la vida interior sin pasar por esa prueba.

Es dolorosa, pero necesaria. Recordaréis que Santa Teresa decía que, para tales favores, Dios quiere un alma sola, pura y ardiendo en el deseo de recibirlos.

Entonces parece que tiene uno el corazón lleno dé lágrimas. Es un sufrimiento profundo, pero... la recompensa está al fin.

Un alma que no es solitaria no progresa. No puede subir. Cuando veo un alma que no es solitaria, me digo: «No pasará, es como un camello cargado. Es demasiado rica». En cambio, cuando todas las criaturas abandonan o hieren, el alma está, según la frase de Taulero, como el ciervo acosado por todas partes, que viendo cerradas todas las salidas y no quedándole más que el estanque, se precipita en él. Cuando tengáis una pena, precipitaos en Dios.

Cuando Dios quiere hablar a un alma, la separa de todo, la hace entrar en una soledad profunda, y luego pone en su inteligencia algo que ella ignora completamente. De ese algo misterioso es de donde saldrá en su momento todo conocimiento explícito, como una traducción a la lengua humana de las realidades divinas. Traducción que no es arbitraria. Pues está controlada desde dentro por ese algo que, siendo en si inaprensible, es, sin embargo, muy real.

Pero aún entonces lo mejor quedará todavía por decir.
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