segunda-feira, 25 de março de 2013

REALIDAD DE LA POSESIÓN DE DIOS

Robert de Langeac
La vida oculta en Dios


Lo que tenemos que repetir mucho, de tanto como asombra e, incluso, a primera vista, desconcierta, es que esta posesión de Dios por el alma es lo más real que hay en el mundo. Hay algunas almas que pueden decir con toda verdad: "Dios está en mí". Y no hay en ello exageración ni ilusión alguna. Esa frase es la expresión fiel de la realidad. Cierto que esta posesión de Dios tiene grados, y muy diversos. Pero hay un fondo común a todos ellos, bien traducido por el Cantar de los Cantares: "Mi Amado es mío". Antes, el alma interior deseaba a Dios. Lo buscaba, lo escuchaba, lo entreveía; llegaba incluso a darse cuenta de que estaba muy cerca de ella y de que ella estaba muy cerca de Él, allí, en el fondo de sí misma. Pero entre buscar a Dios y luego encontrarlo y, sobre todo, poseerlo, hay un abismo. Son cosas muy distintas, Y esa diferencia que entre ambas existe, lo es todo.

Si Dios está en el alma, también el ama está en Dios. El alma se da, Dios la acepta, se posesiona de ella y el alma interior se da cuenta de esa toma de posesión. El alma no pierde su naturaleza ni su personalidad. Y, sin embargo, ya no se pertenece. Ha cedido gustosa su derecho de propiedad, y otro lo ejerce en su puesto. Y ese otro es el mismo Dios., Sólo que, lejos de empobrecerla, esa donación la enriquece. El alma da unos frutos de los cuales no creía ser capaz. Los saborea a sus anchas y juzga que tienen un delicioso gusto a eternidad. Pero, por encima de todo, experimenta una sensación de liberación, de verdadera libertad, que la extasía de gozo. Ésta es la libertad de los hijos de Dios. ¡Sufrimos tanto al ser de nosotros mismos!… ¡Somos tan dichosos al no ser ya sino de nuestro Dueño, de Dios!: Yo soy para mi Amado, y mi Amado es para mí. Cuanto más se adueña Dios de mí, mayor posesión tomo yo de Él. Todas sus riquezas son para mí. Participo de su Ciencia, de su Sabiduría, de su Poder, de su Bondad. Nadie puede comprender esta misteriosa comunidad de bienes. Es una especie de igualdad o, mejor aún, de unidad. El alma tiene la impresión, clarísima, de ser divinizada. Está dentro de Dios, es Dios en el sentido en que esto es posible para una pobre criatura. Y no contento con hacerla comulgar así en su naturaleza y en su vida íntima, Dios le hace participar en ciertos momentos en el gobierno del mundo. El consejo de la adorable Trinidad se celebra dentro de ella, y el alma asiste a él, absorta de conmovida admiración.
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