terça-feira, 5 de março de 2013

Levántate, amada mía

Robert de Langeac
La vida oculta en Dios


Levántate ya, amada mía, hermosa mía, y ven:
que ya se ha pasado el invierno y han cesado las lluvias.
Ya han brotado en la tierra las flores,
ya es llegado el tiempo de la poda
y se deja oír en nuestra tierra el arrullo de la tórtola.

El invierno es la estación de las tinieblas y del frío. Las noches son largas, los días son pálidos. Ya no hay hojas, ni flores, ni frutos. Los pajarillos se callan. Todo está aletargado, todo parece muerto. También el alma interior ha tenido su invierno. Ha conocido los oscurecimientos del espíritu, los letargos del corazón, esas horas en las que todo estaba frío, en las que todo parecía muerto en ella. Ya no había luz, ni calor, ni vida. Dios se ocultaba. El alma estaba sola en un desierto sin camino, azotada por todos los vientos, sacudida por todas las tempestades. Era la hora de los misteriosos abandonos; era la agonía; era el calvario. Pero había que vivir esta hora para entrar en la gloria.

¡Pues el invierno acabó para siempre! ¡Y eres Tú, Dios mío, quien se digna anunciárselo al alma! Y tu palabra no puede engañar. Tú eres la Verdad misma. Por lo demás, el alma tiene capacidad bastante para comprobar lo que aquello significa. Podrán sobrevenir- todavía algunos retornos de tinieblas y de frío, pues la tierra no es el cielo; pero esos momentos de prueba serán poco numerosos y no durarán. El invierno acabó. ¡Gracias, Dios mío! Que las almas pasen por esta ruda estación es una necesidad que se impone a tu Sabiduría, pero que duele a tu buen Corazón. Estás como impaciente por ver alejarse a. ese duro invierno. Y en cuanto puedes, se lo ordenas. Te es entonces gratísimo anunciar Tú mismo a tu hija que su prueba ha concluido y que los días hermosos no tardarán ya en venir.

Entre el invierno y la primavera media el periodo de las lluvias. Hace menos frío; está menos oscuro. Los días alargan; de vez en cuando brillan algunos rayos de sol. Pero, por lo común, cae una lluvia gris, monótona, persistente. Apenas se puede salir. El horizonte está cerrado, muy cerca, como al alcance de la mano. En lo espiritual, el alma interior conoce una estación muy semejante. En su espíritu hay menos tinieblas; en su corazón, menos frío. De vez en cuando, le parece que las cosas van a cambiar, y a mejor. Pero lo más a menudo, le envuelve un velo gris. No ve muy lejos delante de ella. ¿Qué habrá detrás de esa cortina sin dibujos y sin colores? Lo sospecha, pero no lo sabe. La espera es larga, monótona, un poco fatigosa para la imaginación. El corazón permanece fiel e incluso lo es cada vez más. Pero al alma le tarda salir de esta especie de prisión. ¡Cuándo vendrás, Jesús!


Y Jesús viene. Anuncia al alma que la estación de las lluvias «ha cesado», que ha desaparecido definitivamente. Y aduce en seguida la prueba: «Ya han brotado en la tierra las flores». El alma, en efecto, no es ya esa tierra endurecida por los fríos o empapada por las lluvias. Se parece al campo en primavera. Está cubierta de flores. La campanilla, valerosa y llena de esperanza, ve brotar a su lado la humilde, tímida y fragante violeta. Surgen luego el meditabundo pensamiento, y el gracioso clavel que vuelve su cabeza, un poco pesada, hacia el sol, como una imagen del alma, rebosante de vida interior y dispuesta a abrirse.

Aparecen después el purísimo lirio y, por fin, la rosa primaveral de la caridad. Las flores de las virtudes se muestran en el alma por todos los lados. Forman para ella un aderezo incomparable. Es éste uno de los más bellos espectáculos que existen en el mundo. La primavera de un alma interior es algo arrobador.

En este momento de la vida espiritual, los ojos del alma se abren sobre el mundo. Ve la tierra tachonada de almas en flor. Lo que ella es ahora, lo son también otras. Lo que del trabajo divino capta en si misma lo contempla gozosa en otras almas. Está asombrada, arrobada por tan hermoso espectáculo. Todo lo demás desaparece a sus ojos; ya no ve más que eso. Luego, a medida que las virtudes van desarrollándose en ella, sus ojos se abren más, su mirada se hace más penetrante. Observa mucho mejor la variedad de las formas, la riqueza de los matices y la armonía de los colores. Se ha desarrollado en ella un tacto misterioso. Una pequeñez le basta para adivinar en dónde está la obra de Dios en tal o cual alma. Le parece también que está armada de un sentido nuevo para captar los aromas espirituales, que son tan variados como las virtudes y como las almas. Pues para ella, verdaderamente, hay flores del cielo sobre la tierra. Cuando el alma tenía frío, - cuando la envolvía la lluvia brumosa y triste de la prueba, no sabía más que gemir dolorosamente o callarse; pero ahora todo ha cambiado. Dios, su verdadero sol, la ilumina, la calienta, la regocija. ¿No es ésta la hora de decir muy alto su felicidad, de cantar? Si, en verdad, «ha llegado el tiempo de la canción». Y ahora el alma interior canta. Empieza ya desde la tierra el canto de amor de la eternidad. Es ésta una melodía misteriosa. El grado de armonía de su voluntad con la voluntad de Dios es su tónica. Cuanto más perfecta es la unión, más se eleva esa tónica. ¡Dichosa el alma cuya acción tiende cada vez más a la completa realización de la voluntad divina! Su voz se eleva hasta la altura del cielo, y esta última nota es la que agrada al oído de Dios. Con ella acaba aquí abajo la melodía, pero para empezar allá arriba, para siempre.

Para animar al alma interior a seguirle, el Esposo le hace observar todavía que el arrullo de la tórtola se deja oír. No hubiera ésta abandonado sus cuarteles de invierno si no hubiera venido la primavera. Uno y otra obedecen a una misma ley. El canto de la tórtola tiene algo dulce, apacible, constante, gratamente monótono. Diríamos que es la voz de un afecto seguro de sí mismo, que para gustarse no tiene necesidad sino de repetirse sin brillo, casi sin ruido, pero también sin pausa. En el fondo del alma interior hay una voz muy semejante.

Canta dulcemente y como muy bajo una melodía muy sencilla, 
que se contenta con unas pocas notas a intervalos muy cercanos: 
« ¡Oh Amor, te amo! ¿Dios mío, Tesoro mío, mi Todo, mi Amor!».
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