sábado, 6 de outubro de 2012

Muerte de S. Bruno

Título del original: “SAINT BRUNO. Le premier des ermites de Chartreuse”.
Traducción al español: PP. Cartujos de Miraflores.


La muerte va a asestar duros golpes entre los amigos y conocidos de Bruno. En menos de dos años verá desaparecer tres personajes estrechamente relacionados con él: Urbano II moría el 19 de julio de 1099; Jerusalén había sido liberada por los cruzados catorce días antes, pero los mensajeros de Godofredo de Bouillon llegarían demasiado tarde a Roma para que el Papa conociera la noticia antes de morir. Rainier, antiguo monje de Cluny, cardenal presbítero del título de San Clemente, le sucedía con el nombre de Pascual II (14 de agosto de 1099). Era amigo de Bruno y tenía en gran aprecio su fundación. En julio de 1101, Pascual II confirmaría las donaciones del conde Rogerio a los ermitaños de Calabria.

En septiembre de 1100 le iban llegando a Bruno una tras otra las noticias de la cautividad, liberación y muerte de Landuino. La fidelidad de éste al Papa legítimo debió de colmarle de alegría y santo orgullo. Su muerte le resultó muy dolorosa: Landuino era el compañero de primera hora, el amigo fiel, el confidente de sus penas y alegrías, el discípulo en cuyas manos había podido dejar con plena confianza su fundación de Chartreuse en el dramático momento de su partida a Roma. Además, si Landuino moría así, lejos de su Padre y de sus hijos, ¿no era porque, en un arranque de fidelidad filial, había emprendido aquel largo y peligroso viaje para volverle a ver?

También el conde Rogerio, guerrero afortunado y gran administrador, muere a su vez el 21 de junio de 1101. Toda la fundación de Calabria está vinculada a su nombre. Indudablemente, fue para Bruno un mecenas insistente, casi demasiado generoso; pero con una generosidad sincera, nacida de un verdadero deseo de asegurar por largo tiempo la presencia de los ermitaños en Calabria.

¿Qué probabilidad podía tener en el futuro el deseo que manifiesta Bruno al final de su carta a la comunidad de Chartreuse: «En cuanto a mí, hermanos míos, sabed que mi único deseo después de Dios es el ir a veros. Y lo haré en cuanto pueda, con al ayuda del Señor»? Sin duda, no se hacía ilusiones. Sólo le quedaba el deseo, ese gran deseo que, según su propia expresión, le había hecho vivir en la soledad como «un centinela divino», su deseo de Dios... De la enfermedad que se le llevó, no sabemos nada. Por la Carta encíclica que escribieron sus hijos encabezando el «Rollo de difuntos», sabemos solamente que su muerte fue muy serena: En la semana que precedió a su muerte, Bruno quiso hacer su profesión de fe, según costumbre muy extendida en aquella época. «Dándose cuenta, dice la citada Carta, de que se le acercaba la hora de pasar de este mundo al Padre, (Bruno) convocó a sus hermanos y fue evocando las distintas etapas de su vida desde la infancia, recordando los sucesos más notables de su tiempo. Después expuso su fe en la Trinidad mediante una alocución profunda y detallada, y concluyó así: «Creo también en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente que el pan y el vino que se consagran en el altar son después de la consagración el verdadero cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, su verdadera carne y su verdadera sangre, que recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de la vida eterna». El domingo siguiente su alma santa se separó de su cuerpo; era el 6 de octubre del año del Señor 1101». Ante tal sencillez huelgan los comentarios.

Durante mucho tiempo el texto íntegro de su profesión de fe permaneció olvidado. Lo encontró Dom Constancio de Regetis en los archivos de Santa María de la Torre. Por desgracia, el manuscrito estaba muy deteriorado, carcomido y difícil de descifrar en varios pasajes. Dom Constancio transcribió el texto y lo envió al General de los Cartujos en 1522. He aquí la traducción del texto latino publicado en la edición crítica de Sources Chretiennes: A modo de prólogo, los Hermanos de Calabria pusieron estas conmovedoras palabras: «Hemos cuidado de conservar por escrito la profesión de fe de Maestro Bruno, pronunciada ante todos sus hermanos reunidos en comunidad cuando sintió que se le acercaba la hora de dar el paso que espera todo mortal, porque nos rogó con harto encarecimiento que fuésemos testigos de su fe ante Dios». Sigue la profesión de fe:

1. Creo firmemente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo: Padre no engendrado, Hijo unigénito, Espíritu Santo procedente de ambos; creo también que estas tres personas son un solo Dios. 

2. Creo que el mismo Hijo de Dios fue concebido del Espíritu Santo en el seno de María Virgen. Creo que la Virgen fue castísima antes del parto y que en el parto y después del parto permaneció siempre virgen. Creo que el mismo Hijo de Dios fue concebido entre los hombres como verdadero hombre sin pecado. Creo que este mismo Hijo de Dios fue apresado por odio de los pérfidos judíos, tratado injuriosamente, atado injustamente, escupido y azotado. Creo que fue muerto y sepultado, que bajó a los infiernos para librar de allí a los suyos cautivos. Descendió por nuestra redención, resucitó y subió a los cielos, de donde ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

3. Creo en los sacramentos que cree y venera la Iglesia, y expresamente en que lo consagrado en el altar es el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, que nosotros también recibimos en remisión de nuestros pecados y como prenda de salvación eterna. Creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Amén.

4. Confieso mi fe en la santa e inefable Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios natural, de una sola substancia, de una sola naturaleza, de una sola majestad y potencia. Creemos(116) que él Padre no ha sido engendrado ni creado, sino que es ingénito. El mismo Padre no recibe su origen de nadie; de él recibe el Hijo su nacimiento y el Espíritu Santo, la procesión. Es, pues, la fuente y el origen de la divinidad. El mismo Padre, inefable por esencia, engendró inefablemente de su substancia al Hijo, pero sólo engendró lo que él es: Dios engendró a Dios-, la luz engendró a la luz, de él, pues, procede toda paternidad en el cielo y en la tierra. Amén(117).

Al leer este documento, se advierten dos cosas. Una, respecto al plan de la profesión de fe. Si comparamos este texto con las indicaciones de la Carta Circular de los Hermanos de Calabria que citamos antes, vemos que ésta acaba con una declaración sobre los sacramentos, y aquella con una exposición sobre la paternidad de Dios y la Trinidad. Tal cambio sería de poca importancia, si, por otra parte, esta última declaración no reprodujera, palabra por palabra, un pasaje del XI Concilio de Toledo (7 de noviembre del 675). Porque surge una duda: ¿insertarían más tarde en la profesión de Bruno ese pasaje? Creemos que no. La Circular de los Hermanos de Calabria no pretende darnos el conjunto de la profesión de fe, ni en su texto ni en su orden. Allí mismo se dice que Bruno «expuso su fe en la Trinidad en una alocución detallada y profunda», como si este hecho hubiera llamado la atención de los que presenciaron la escena; ahora bien, el acto de fe en la Trinidad con que se abre la profesión de Bruno, por firmes que sean sus fórmulas, no aparece como «una alocución detallada y profunda»; pero sí, en cambio, el pasaje sobre la Paternidad divina. ¿Qué tiene de particular que Bruno, para expresar su fe, se sirviera de un texto conciliar, por otra parte espléndido? Es natural que en tales circunstancias utilizara las palabras mismas de la Iglesia católica.

Tenemos ya camino abierto para hablar de la segunda cuestión. Esta profesión de fe de nuestro santo es la de un gran contemplativo y viene a completar admirablemente lo que ya sabíamos de la vocación original de Bruno por las cartas a Raúl le Verd y a la comunidad de Chartreuse. En ella podemos apreciar los pensamientos más elevados que animaban la contemplación de Bruno en el desierto. Su alma se orientaba, con todo el peso de su admiración y de su amor, hacia los cuatro misterios más profundos de la vida cristiana: la Paternidad divina, la Eucaristía, la Encarnación y Pasión, y, finalmente, María, la madre siempre virgen. En este clima Bruno encontró su gozo, su vida, su plenitud. Espontáneamente, a la hora de su muerte, su última mirada se dirige, se fija en estos tesoros de la Revelación; sus labios cantan lo que había vivido.

Más que una profesión de fe, sus palabras son una profesión de amor. Bruno quiso morir en la Luz que había iluminado toda su vida. El 6 de octubre de 1101 moría Bruno. Tenía algo más de 70 años, y hacía que había fundado el eremitorio de Chartreuse. Apenas se conoció la noticia de su muerte, la gente de Calabria e Italia corrió a venerar sus restos mortales. Se cuenta que los cartujos tuvieron que dejar expuesto tres días el cadáver antes de enterrarlo.

Cuando moría un personaje importante, era costumbre enviar a las Iglesias y monasterios donde le conocían un mensajero para notificar su muerte y pedir sufragios y oraciones por el descanso de su alma. Este mensajero llevaba colgados al cuello generalmente, largos rollos de pergamino, Rotuli(118), de donde le venía el nombre de Rolliger o Rotuliger. En estos rollos, los que habían conocido directamente o de oídas al difunto escribían el elogio que les parecía mejor, prometiendo oraciones. Estos textos nos han llegado bajo el nombre de Títulos fúnebres.

Así ocurrió con Bruno. Después de su muerte, los ermitaños de Calabria enviaron un Rolliger -probablemente un Hermano converso- a todas las iglesias, abadías y conventos que le conocían. Este mensajero llevaba consigo la Carta circular que «anunciaba el fallecimiento de Maestro Bruno y pedía sufragios por su alma».

Nos han llegado ciento setenta y ocho de estos Títulos fúnebres. Gracias a estos documentos podemos reconstruir, valga lo que valga, el itinerario del Rolliger, o al menos, jalonar sus etapas. De Calabria subió hacia el norte de Italia.

Pasó por Lucca, en Toscana, y luego por Piacenza. Dirigió entonces su ruta hacia el oeste, llegando a los Alpes en Susa. ¿Por qué puerto atravesó los Alpes? Lo volvemos a encontrar en Oulx, en el Delfinado. Por fin llegó a Grenoble y luego a la Chartreuse. En el Rollo de difuntos los ermitaños de Chartreuse escribieron estas sentidas y afectuosas palabras: «Nosotros, los Hermanos de Chartreuse, quedamos afligidos y desconsolados como nadie al enterarnos de la muerte de nuestro Padre Bruno, cuya celebridad es tan grande. ¿Cómo poner límites a lo que haremos por un alma tan santa y querida para nosotros? Los beneficios que le debemos quedarán siempre por encima de cuanto podamos hacer. Rogaremos, por él, ahora y siempre, considerándolo nuestro único Padre y Maestro. Como buenos hijos, no dejaremos de aplicar las misas y sufragios espirituales que solemos ofrecer por los difuntos».

Después el Rolliger visitó el priorato de Cornillon, dependiente de Chaise Dieu, el priorato mayor de los Canónigos de San Rufo, en la cuesta de San Andrés, cuyo Título es muy afectuoso, Lyón, Cluny, Cíteaux, Molesmes, donde probablemente redactaría el título San Roberto, París, Chartres, Reims, que le dedica cinco elogios diferentes, Troyes, Laon, Rouen, Soissons, Arras, Orléans, Auxerre, Bayeux, Caen, etc.. -De Francia, el Rolliger pasó a Bélgica y recorrió luego una parte de Inglaterra. ¿Volvió por tierra o por mar? ¿Por qué no pasó por Colonia y regiones vecinas? Lo cierto es que terminó su viaje en Santa María de Tropea, Calabria. Dos versos del Título que le dedicaron entonces a Bruno dicen que el Rollo fúnebre es ya tan largo y pesado que el Rolliger viene con el cuello magullado y no puede seguir llevándolo: "Inde cutis colli teritur prae pondere rolli. Rolligeri collum nequit ultra tollere rollum”(119).

Aun descontando las exageraciones del género literario, siempre nos queda en estos textos un testimonio irrecusable: Bruno apareció ante sus contemporáneos como una persona excepcional, «luz del clero», «intérprete de las Escrituras», «guía de santos», «doctor de doctores» y otros elogios más que podríamos ir espigando en los Títulos fúnebres. Pero cuando el autor del elogio bien sea un grupo o un individuo- ha conocido a Bruno o le ha tratado, o ha tenido al menos algún contacto con él, entonces la admiración, por grande que sea, cede al afecto, al agradecimiento, a la ternura.

Creo que un resumen muy bueno de los diversos elementos que integran esa impresión de extraordinaria bondad que irradiaba de Bruno lo tenemos en los versos que le dedicaron los ermitaños de Calabria: «Por muchos motivos merece Bruno ser alabado, pero sobre todo por uno: Fue un hombre de carácter siempre igual, siendo ésta su característica. De rostro siempre alegre, era sencillo en su trato. A la firmeza de un padre unía la ternura de una madre. Ante nadie hizo ostentación de grandeza, sino que se mostró siempre manso como un cordero. Realmente fue en esta vida el verdadero israelita del Evangelio». Más tarde, Lamberto, tercer «Maestro del desierto» de Calabria, cuando redacte las Constituciones, recordará todavía esta bondad de Bruno...

¿No es significativo que el lema preferido de Bruno para la contemplación y alabanza de Dios, según dicen, -«O Bonitas! ¡Oh Bondad!(120)»- corresponda exactamente con la idea que de él nos han conservado sus contemporáneos? ¡Misterio de la oscura y luminosa orientación de las almas! ¡Secreta atracción de todo nuestro ser, por la que el Señor guía a cada uno hacia su destino!

«...Bruno, hombre de corazón profundo...» Esta definición de Guigo, ¿no refleja en una sola palabra la plenitud vocacional de Bruno? ¿No indica justamente el don previo de la naturaleza, su vocación, su carisma, su exigencia radical esencial?...

Bruno ama, y cuando el amor alcanza cierta profundidad, ¿dónde podrá saciarse mejor que en la soledad, el silencio y el don total de sí mismo hasta el sacrificio, es decir, en esa simplicidad total del ser que en este mundo constituye la proximidad más segura con el Dios Vivo?

Después de su muerte Bruno fue enterrado, como los demás ermitaños, en el cementerio de Santa María. En 1121 ó 1122, el cuerpo fue trasladado del cementerio a la iglesia misma del eremitorio. El nicho, vacío entonces, existía todavía en 1514, cuando volvieron los cartujos. Hacia 1194, cuando se abandonó el eremitorio en beneficio del coenobium de San Esteban, el cuerpo de Bruno fue nuevamente trasladado de la iglesia de Santa María a la de San Esteban, colocándolo bajo el presbiterio. Hacia 1502 ó 1508, cuando los cistercienses trataron de hacer la retrocesión de su monasterio a los cartujos, el abad Dom Pandolfo de Sabinis sacó las reliquias de Bruno y las colocó muy cerca de allí, en un altar situado detrás y a la derecha del altar mayor de San Esteban. Cuando volvieron el 27 de febrero de 1514 los cartujos, trasladaron las reliquias a la sacristía; el reconocimiento oficial tuvo lugar el 1 de noviembre de 1514. Ese mismo día se colocaron en un relicario nuevo y se volvieron a poner sobre el altar en el que habían estado hasta febrero de 1514.

Entretanto el Papa León X había autorizado el culto de San Bruno por un oráculo de viva voz, como se dice en estilo de cancillería. El hecho nos lo cuenta en una carta el cardenal de Pavía, protector de la Orden de los Cartujos, que presidió estas gestiones. «Su Santidad el Papa León X, nos dice el Cardenal, habiendo oído desde hace mucho tiempo grandes ponderaciones de la gloria y santidad del bienaventurado confesor Bruno, juzgó justo y razonable que quien había estado adornado de dones tan grandes y gracias tan excelentes y había recibido del Todopoderoso un corazón tan dócil para cumplir sus preceptos y guardar su ley de vida y santidad, fuera venerado y honrado con un culto digno de él, ahora que goza para siempre de la gloria divina». La autorización sólo se extendía a los cartujos. Por una bula del 17 de febrero de 1623, Gregorio XV extendió el culto de San Bruno a la Iglesia entera. 

Así quedaba fijado en adelante el destino de Bruno.

Notas:

116- A partir de este lugar el santo “recita” la profesión de fe del Concilio XI de Toledo. Esto explica que el pasaje esté en primera persona del plural, como el Credo de dicho Concilio. (Cf. Denz. n. 275).
117- Lettres des Premiers Chartreuse, I, pp. 90-93.
118- Sobre los Rollos de difuntos, ver L. Delisle en la Bibiotèque de l´Ecole de Chartes. T. III, 2ª serie, p.
371 ss. - Todavía quedan en pie varios problemas difíciles con respecto al Rollo fúnebre de Bruno: fue hallado en la Cartuja de Calabria a raíz de la recuperación del monasterio en 1514. Al año siguiente, 1515, Dom Francisco Du Puy lo editó en Amerbach, Bàle. Pero no consta que el manuscrito esté completo. Además, el orden de los títulos ¿es el original? ¿No ha habido interferencia con otros rollos fúnebres, sobre todo con el del Bienaventurado Vital, muerto veintiún años después de Bruno? ¿Cómo se introdujeron los siete famosos versos de los ermitaños de Calabria “Laudandus Bruno...”? No es éste el lugar de resolver estos problemas. De todos modos, nuestro Rollo fúnebre es ciertamente auténtico, y esto nos basta.
119- P.L. 152, 605.
120- No sabemos con exactitud en qué se funda la tradición que atribuye a Bruno esta exclamación. De todos modos, corresponde admirablemente a lo que conocemos de las tendencias espirituales de Bruno por los textos citados.

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