terça-feira, 20 de setembro de 2011

LA GESTA DE LOS MARTIRES III

Nota do blogue: Estou divulgando esta série bem interessante publicada no blogue ¡Ven, Señor Jesús! Aos que quiserem acompanhá-la criei um marcador só para ela.

Saudações,
A grande guerra

LA GESTA DE LOS MARTIRES III

En el año 160, en Roma
APÓSTOLES
TOLOMEO Y LUCIO

TOLOMEO

Este pequeño relato es sacado de la Apología dirigida al emperador por san Justino, mártir él también y cuya Pasión narraremos inmediatamente después de ésta. Tolomeo se manifiesta en ella lleno de audacia y de celo, y pagando con su vida la conversión de una mujer hasta entonces deshonesta. La intervención de Lucio ante el tribunal y de un tercer cristiano cuyo nombre sigue siendo desconocido, nos muestra el vigor de la fe en esos tiempos de persecución.

***

Una mujer tenía un marido que vivía en el vicio, así como ella viviera en el antaño. Le habían enseñado la doctrina de Cristo, y ella se había corregido. Trató entonces de que su marido volviera a una vida honesta: le explicaba las enseñanzas de Cristo y le hablaba del fuego eterno reservado a los hombres sin fe y sin ley. Mas el marido siguió viviendo en el libertinaje. Tanto hizo que su esposa no quiso verle más. Juzgó que era un sacrilegio compartir aún la vida con un individuo siempre en busca de placeres prohibidos e infames y resolvió separarse de él. Mas sus padres le aconsejaron tuviera paciencia: no se había perdido toda esperanza de enmienda. Ante estas instancias, la desdichada se quedó, mas de muy mala gana. Su marido salió para Alejandría. Ella supo que llevaba allí una vida más escandalosa que nunca. Entonces temió que parte de los crímenes e impiedades de su marido recayera sobre ella si seguía siendo aún la compañera íntima de ese hombre. Por lo tanto le hizo notificar el divorcio, como soléis decir, y se marchó.

Ese excelente esposo hubiera debido regocijarse: su mujer, que antaño se pervertía desvergonzadamente con criados y mercenarios y se entregaba a la bebida y a todos los vicios, había cambiado de vida y trataba de convertirlo a él también. Mas ese divorcio, decidido sin su consentimiento, le desagradó y él denunció a su mujer como cristiana.

Entonces ella os presentó una petición, a vos, emperador, con el fin de arreglar sus asuntos antes de contestar la acusación formulada contra ella. Y vos habéis admitido su súplica. Su marido, que ya nada podía contra ella en ese momento, se enfureció con cierto Tolomeo que había enseñado a su mujer la religión cristiana y le hizo condenar por Urbico, prefecto de la ciudad. He aquí de qué manera:

Sobornó a un centurión, amigo suyo, y éste hizo encarcelar a Tolomeo. Le había aconsejado lo prendiese y le preguntara solamente si era cristiano. Tolomeo, lleno de franqueza, sin astucia ni falsedad, confesó que era cristiano y el centurión le hizo encadenar.

Le torturaba en la cárcel desde hacía largo tiempo, cuando finalmente le hicieron comparecer ante Urbico. Le preguntaron sin más, así como la primera vez, si era cristiano. Nuevamente, Tolomeo, sabiendo todo cuanto debía a la doctrina de Cristo, confesó el Credo completo de las verdades divinas. Pues negar una de esas verdades es, o bien condenar su práctica, o bien obrar como hombre que no se cree digno de esa verdad que ha suprimido de su vida y que ya no quiere reconocer. Ahora bien, esas dos actitudes son indignas de un cristiano sincero. Urbico ordenó entonces llevaran a Tolomeo al suplicio.

Lucio, cristiano que acaba de asistir a ese juicio inicuo, dijo a Urbico: «¡Quiá! He allí un hombre que no es adúltero ni libertino, ni homicida, ni ladrón, ni bandido. No ha cometido el menor delito, ¡y le condenáis porque confiesa simplemente su nombre de cristiano! Este juicio, Urbico, no está conforme a las intenciones del emperador, que es piadoso, ni a las del hijo del César, que es juicioso, y tampoco a las del Senado, que es religioso». Sin más respuesta Urbico dijo a Lucio: «A lo que parece, ¿tú también eres cristiano?».

— «Ciertamente», respondió Lucio.

Urbico lo hizo llevar de igual modo a la muerte. El condenado le dio las gracias: morir era para él la liberación de esos dueños injustos y la partida hacia el Padre y rey de los cielos.

Un tercero que se presentó fue de igual modo condenado.


Fuente: "La Gesta de los Mártires". Editorial Éxodo. 1era Edición.

PS.: Mantenho os grifos.
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