sexta-feira, 16 de setembro de 2011

LA GESTA DE LOS MARTIRES II

Nota do blogue: Divulgarei esta série que está sendo publicada no blogue !Ven, Señor Jesús!
Veja a primeira Parte AQUI.

Saudações,
A grande guerra

LA GESTA DE LOS MARTIRES II

BAJO EL PODER DE ANTONINO
En el año 156, en Esmirna
UN OBISPO ANCIANO

POLICARPO

SAN POLICARPO 

El obispo de Esmirna, Policarpo, acababa de ser martirizado junto con varios fieles a principios del año 156. La Iglesia de Filomelium, en Frigia, reclamó una narración detallada de los acontecimientos. Marción, en nombre de la comunidad de Esmirna, refirió los últimos días y la muerte de su obispo en carta dirigida a la Iglesia de Filomelium y a todas las Iglesias. Esta encíclica –el más antiguo documento hagiográfico−, es la que ofrecemos al lector. Más de un rasgo nos recuerda en ella la Pasión del Salvador y subraya a los ojos de los cristianos la íntima semejanza que une al mártir con su jefe. En esta relación de un contemporáneo, que ha conocido al santo y le vio morir, el anciano mártir se nos manifiesta enérgico y sereno, orgulloso de sufrir por Cristo al que sirvió durante tantos años y al que conoció mejor que sus hermanos, pues se había encontrado en su juventud con los mismos discípulos del Señor.

***

La Iglesia de Dios que está en Esmirna, a la Iglesia de Dios que está en Filomelium y a todas aquellas que establecidas en todo lugar, forman parte de la Iglesia católica y santa, misericordia, paz y amor en abundancia, de Dios, Padre y de nuestro Señor Jesucristo.

Os escribimos, hermanos, a propósito de los confesores de la fe y del bienaventurado Policarpo, que con su martirio, puede decirse, ha sellado la persecución, al poner término a ella. Todos los acontecimientos que han precedido su martirio no sucedieron sino para permitir al Señor del cielo mostrarnos el modelo del mártir, según el Evangelio. Policarpo, en efecto, esperó ser traicionado, al modo que lo había hecho el Señor. Éste nos había dado el ejemplo con el fin de volvernos atentos, no solamente a nuestros intereses, sino también a los del prójimo. Pues la verdadera y fundamental caridad no es querer salvarse a sí mismo únicamente, sino aún salvar a todos sus hermanos.

Los mártires son testigos de Cristo

Morir mártir, como Dios lo ha querido es seguramente una dicha y un título de nobleza, y con una piedad sin cesar creciente hacia Él, hemos de reconocer el poder supremo del Señor. ¿Quién no admiraría además la generosidad de los mártires, su resistencia, y su felicidad en servir a Dios? Destrozados por los látigos hasta el punto de que se veía el interior mismo de sus carnes, hasta las venas y las arterias, sufrían de tal manera que los espectadores, llenos de piedad, lloraban. Mas ellos, llegados a ese extremo de heroísmo, en que ya no hay gemido ni queja, nos manifestaban a todos nosotros, que en las mismas horas de tortura todos los mártires de Cristo se ausentaban de su cuerpo, más aún, que el Señor estaba en ellos y les hablaba.

Afirmados en el amor de Cristo, despreciaban los sufrimientos de aquí abajo y ganaban en un instante la vida eterna. Y el fuego de verdugos inhumanos se volvía fresco para ellos. Pues veían el fuego eterno del que se ha de huir y que jamás se apagará, y miraban con los ojos del alma los bienes reservados para los que han sufrido. Y esos bienes inauditos que el ojo del hombre jamás ha visto y que no ha realizado en su mente, les eran mostrados por el Señor, a ellos que ya no eran hombres sino ángeles. Y soportaban de igual modo otros suplicios horrorosos, expuestos a las fieras, tendidos sobre potros, torturados en toda forma por hábiles verdugos, con la esperanza de que un suplicio prolongado les indujera tal vez a renegar de su fe.

El demonio inspira la persecución

Pues el Diablo desplegó contra ellos todas sus astucias; mas, demos gracias a Dios: Satanás no fue siempre el más fuerte. El muy valiente germánico fortaleció a los tímidos con su resistencia y resistió maravillosamente a las fieras. El procónsul quería convencerle y le decía que se compadeciera de su juventud. Otro excitó contra él a la fiera pegándole para escapar más pronto a las violencias injustas y a las perfidias. Entonces toda la muchedumbre admirada del valor de los cristianos, estirpe amada del Señor y afecta a Dios, gritó: «¡Mueran los impíos! ¡Que se busque de nuevo a Policarpo!»

Uno sólo sin embargo, Cointo, fue cobarde en presencia de las fieras. Era un frigio que había abandonado su país hacía poco tiempo. Se había presentado él mismo a los jueces y había entusiasmado a otros a que le imitaran. Mas luego que el procónsul le hubo hostigado, él llegó a la apostasía y sacrificó. Por eso, hermanos, censuramos a los que se entregan a sí mismos a los tribunales. Ése no es el espíritu del Evangelio. Policarpo, el más admirable de todos, al enterarse de esas nuevas, no se conmovió y por de pronto decidió quedarse en la ciudad. Luego, ante las instancias de varios, partió y se refugió en una pequeña ciudad próxima a Esmirna. Residió allí junto con algunos amigos. Día y noche, según su costumbre, oraba por todos los hombres y por todas las Iglesias esparcidas en el mundo. Tres días antes de su arresto, tuvo una visión durante su oración: su almohada se incendiaba y ardía. Entonces se volvió hacia sus compañeros y les dijo: «Seré quemado vivo».

Los hombres lanzados en su persecución proseguían su búsqueda, y él debió huir a otra casa. No bien salió de esa casa se presentaron en ella los perseguidores. No le hallaron, mas prendieron a dos jóvenes esclavos. Uno de ellos, al ser interrogado, lo confesó todo. Desde luego, Policarpo ya no podía escapar, puesto que los suyos le traicionaban. El jefe de policía, Herodes – era digno de su nombre − tenía prisa por llevar a Policarpo a la arena, donde éste debía recibir su parte de la misma gloria de Cristo con el que se asociaba ahora y donde los traidores sufrirían el mismo castigo que Judas.

Era un viernes. Se pusieron en marcha, hacia la hora de cenar, acompañados por el esclavo. Había entre ellos soldados de infantería y de caballería con sus armas de ordenanza como para detener a un bandido. Ya entrada la noche, se presentaron en tropel y supieron que Policarpo descansaba en una habitación en el piso alto. Hubiera podido huir, mas no quiso y dijo sencillamente: «¡Hágase la voluntad de Dios!». Luego que oyó que ellos estaban allí, descendió y se puso a conversar con ellos. Éstos quedaron estupefactos en presencia de la vejez y de la calma de Policarpo, y se preguntaban por qué tenían tanto interés en prender a un hombre de esa edad. Al instante Policarpo les hizo servir una copiosa cena, y les pidió le concedieran aún una hora para orar en paz. Con el permiso de ellos, se puso en oración, de pie, y tan lleno estuvo de amor divino que durante dos horas no pudo dejar de hablar de Dios. Muchos lamentaban haber empuñado las armas contra un anciano tan santo. Cuando él hubo terminado su oración y recordado en ella a todos cuantos había conocido, grandes y pequeños, ilustres y humildes y a toda la Iglesia católica esparcida en todo el mundo, hubieron de partir. Le hicieron montar en un asno y volvieron a entrar en la ciudad. Era el día del gran sábado. Herodes, jefe de policía, y su padre Nicetes, salieron a su encuentro. Le hicieron subir en su carro, le instalaron al lado de ellos y comenzaron a emprenderlas con él: «¿Qué de malo −decían− pronunciar: señor César; ofrecer un sacrificio y lo demás, para librarte?». En primer lugar nada contestó. Mas como insistían, dijo: «No puedo hacer lo que me aconsejáis». Furiosos por su fracaso le insultaron y empujaron abajo del carro con tanta brutalidad que al caer se despellejó una pierna. El santo ni siquiera se dio vuelta y, como si no tuviera mal alguno, emprendió la marcha valientemente y apresuró el paso. A su llegada al estadio hubo un alboroto tal que ya nadie se entendía. Cuando entró en el estadio una voz del cielo le dijo: «¡Ánimo, Policarpo y valor!» Nadie vio al que hablaba, mas los cristianos que allí estaban oyeron la voz. Cuando por fin compareció, hubo un gran alboroto al saberse que Policarpo había sido prendido. Él adelantó y el procónsul le preguntó si era realmente Policarpo. Confesó que sí. El otro le exhortó entonces a renegar de su fe y le dijo: «Apiádate de tu vejez» y todo cuanto se acostumbraba decir a los cristianos en esas ocasiones. Luego concluyó: «Jura por la fortuna de César. Arrepiéntete y di: ¡Mueran los ateos!». Policarpo se volvió hacia la muchedumbre apiñada en el estadio, esa muchedumbre de hombres sin religión, la miró fijamente, tendió la mano hacia ella y dijo gimiendo, con los ojos mirando el cielo: «¡Mueran los ateos!» El magistrado insistió: «Presta el juramento de apostasía y te pongo en libertad. Insulta a Cristo». —«Hace ochenta y seis años que le sirvo −dijo Policarpo− y no me hizo mal alguno. ¿Cómo podría blasfemar de mi Rey y demi Salvador?». —«Jura por la fortuna de César», replicó con insistencia el procónsul. Mas Policarpo respondió: «Te jactas verdaderamente −dijo− al esperar que me harás jurar por la fortuna de César, como tú dices. Sabe pues quién soy. Hablo con toda franqueza: soy cristiano. Si quieres instruirte en la religión de Cristo, elije un día y escúchame entonces». El procónsul le dijo: «Trata de obtener eso del pueblo». Policarpo replicó: «Ante ti, creo, me he de explicar; pues se nos enseña a rendir a los jefes y a las autoridades establecidas por Dios, el honor que se les debe, sin pecado. Mas es inútil que me justifique ante esa muchedumbre». El procónsul le dijo: «Tengo fieras a mi disposición. Si persistes les arrojaré tu cuerpo como alimento». Policarpo dijo: «Da tus órdenes. Nosotros cuando cambiamos no lo hacemos de lo mejor a lo peor; y es hermoso pasar del mal a la justicia». 

El otro, insistiendo entonces, cada vez más: «Si no te arrepientes −dijo− te haré perecer en una hoguera, ya que poco caso haces de las fieras». Policarpo le respondió: «Me amenazas con un fuego que arde durante una hora y luego se apaga, ¿no conoces entonces el fuego de la justicia por venir y del castigo eterno que devorará a los impíos? Mas, ¿por qué demoras? Decide lo que te plazca». Dijo eso y muchas cosas más; rebosaba de dicha y de fuerza y su rostro resplandecía de amor divino. Y muy lejos de ser él el vencido, turbado por el interrogatorio, lo era el procónsul que había perdido la serenidad.

Éste mandó a su pregonero a que publicara en alta voz tres veces en el estadio: Policarpo ha reconocido que él era cristiano.

Cuando el pregonero hubo voceado su proclama, toda la muchedumbre de los judíos y de los gentiles que habitaban en Esmirna se puso a gritar en alta voz en un irresistible arrebato de cólera: «Él es el dueño de Asia, el padre de los cristianos, el despreciador de nuestros dioses. Él es que enseña a las muchedumbres a no sacrificar más, a no adorar más». Y a un mismo tiempo le pedían a gritos a Felipe, magistrado encargado de los ritos religiosos, soltara un león contra Policarpo. Felipe respondió que no era posible, ya que habían terminado los combates de fieras. Entonces todos juntos decidieron que Policarpo fuese quemado vivo. Era menester efectivamente que se cumpliese su visión de la almohada en llamas, cuyo significado descubriera a sus amigos: «Debo ser quemado vivo».

Todo eso sucedió en un corto lapso de tiempo. Al instante el populacho apiló leña y haces sacados de las tiendas y de las casas de baños. Los judíos sobre todo se apresuraban en la tarea con su acostumbrada pasión.

Policarpo se quitó su vestidura, desató su faja y comenzó también a descalzarse él mismo, lo que no hacía desde hacía mucho tiempo, pues siempre un fiel se precipitaba para ayudarle, con la esperanza de tocar su cuerpo. Pues antes de su martirio ya era resplandeciente de santidad. Luego los verdugos colocaron junto a él los instrumentos que servían para la hoguera. Quisieron atarle, mas él dijo: «Dejadme así como estoy. El que me ha dado la fortaleza para arrostrar el fuego me dará también el valor de seguir estando inmóvil en la hoguera sin estar atado en ella».

Oración de san Policarpo

Los verdugos dejaron entonces sus hierros y le ataron sin más. Él, con las manos detrás de la espalda, así como un morueco escogido, sacado de un gran rebaño para un sacrificio, y preparado como un holocausto agradable a Dios, levantó los ojos al cielo y dijo: «Señor, Dios Todopoderoso, padre de Jesucristo, vuestro hijo, bendito y muy amado, por quien hemos llegado a conoceros, Dios de los ángeles y de las potencias, Dios de toda criatura y de la estirpe de los justos que viven en vuestra presencia, os bendigo por haberme hallado digno, en este día y en esta hora, de alistarme en el número de los mártires, bebiendo en la copa de vuestro Cristo, para resucitar a la vida eterna delalma y del cuerpo en la incorruptibilidad del Espíritu Santo. Asimismo dignaos recibirme hoy en vuestra presencia junto con los mártires, después de este sacrificio grato y completo que me habéis preparado, me habéis predicho y me concedéis cumplirlo, Dios infalible y verdadero. Por eso os bendigo por encima de todo, os alabo y os glorifico en Jesucristo, el sacerdote eterno del cielo, vuestro hijo muy amado por quien gloria sea dada a Vos con Él y el Espíritu Santo, ahora y por los siglos venideros. Amén».

Martirio de san Policarpo

Cuando hubo enviado a Dios su Amén, y terminado su oración, los hombres encargados de la hoguera encendieron el fuego. Una llama se elevó, alta y brillante, y vimos un prodigio, pues nos fue dado verle, y hemos sido librados para anunciar a los demás estas maravillas. El fuego tomó la forma de una bóveda, así como una vela de un barco hinchada por el viento. Envolvió en redondo el cuerpo del mártir que se hallaba en el medio, no como una carne que quema, sino como un pan que se dora al cocer o como el oro y la plata probados en el crisol. Por eso hemos respirado un perfume delicioso, así como de incienso que sube o de un aroma elegido.

Finalmente los impíos notaron el prodigio, y que el fuego era impotente para consumir el cuerpo. Le ordenaron entonces al verdugo fuera a herirle con una espada. Éste obedeció; mas salió del cuerpo tanta sangre que el fuego se apagó. Estupefacta, toda la muchedumbre se preguntó por qué los impíos eran tan distintos de los elegidos. Y era bien un elegido el ilustre mártir Policarpo.

Fue en su época apóstol y profeta. Era obispo de la Iglesia católica de Esmirna. Toda palabra salida de su boca se ha realizado o se realizará. El envidioso Satanás, malo y pérfido adversario de la estirpe de los justos, conocía la vida sin mancha de Policarpo desde su infancia. Había visto la grandeza de su martirio, la corona incorruptible que acababa de conquistar y el cetro de la victoria que nadie podría arrebatarle. Por eso maniobró para que se nos negase llevar el cuerpo del mártir. Pues muchos deseaban tener y poseer sus restos sagrados. El Diablo sugirió entonces a Nicetes, padre de Herodes y hermano de Alceo, fuera a ver al magistrado para convencerle de que no entregara el cuerpo a los cristianos. «Se correría el peligro −dijo Nicetes − de que abandonaran el culto del crucificado y comenzasen a adorar a ese mártir». En el fondo, eran los judíos quienes insinuaban esas resoluciones y las propalaban. Llegaban aún hasta estar en acecho para sorprendernos en el momento en que intentáramos sacar el cuerpo de la hoguera. No sabían que jamás podríamos abandonar a Cristo. Fue Él que ha padecido por la salvación del mundo entero redimido, Él sin mancilla ha padecido por los pecadores, y no adoraremos nunca sino a Él. A Él, hijo de Dios, nuestras adoraciones. A los mártires, sus discípulos e imitadores, nuestro amor. Es justicia: han sido fieles a través de todo a su Maestro y Rey. Dígnese el cielo unirnos a ellos y hacernos sus compañeros. Ante la acrimonia de los judíos, el centurión hizo colocar el cuerpo en medio de la hoguera según las costumbres bárbaras, y lo quemó. Tiempo después recogimos sus huesos, más extraordinarios y más preciosos que las piedras de precio elevado. Los hemos depositado en el lugar que convenía.

Concédanos el Señor volver a encontrarnos allí cuando podamos, en la alegría y en el gozo, para celebrar el día aniversario de su martirio, para festejar la memoria de los que partieron y formar y preparar a los que deberán seguirlos. Tal fue el fin del bienaventurado Policarpo. Fue martirizado en Esmirna junto con doce hermanos de Filadelfia. Más que cualquier otro, seguirá estando en la memoria de todos y se hablará de él en todas partes, aun entre los paganos. Fue no solamente un maestro incomparable, sino un mártir poco común. Todos deseamos imitar su Pasión, que recuerda la de Cristo en el Evangelio. Con su paciencia, ha vencido a un juez indigno, y conquistado de este modo la corona de inmortalidad. Comparte la dicha de los apóstoles y de todos los justos, glorifica a Dios, Padre Todopoderoso y da gracias a Jesucristo, nuestro Señor, Salvador de nuestras almas, guía de nuestros cuerpos y pastor de la Iglesia católica esparcida por el mundo. Nos habíais pedido un relato más extenso de los acontecimientos. No podemos enviaros ahora sino un resumen, que os entregará nuestro hermano Marción. Cuando hayáis tomado conocimiento de él, enviad esta carta a nuestros hermanos más distantes, para que ellos también glorifiquen al Señor por haber escogido elegidos de entre sus siervos. Dígnese Dios, con su gracia y con su bondad, conducirnos a todos hasta su reino eterno, por su único hijo Jesucristo, gloria, honra, poder, majestad, por siempre. Saludad a todos los santos. Los que están con nosotros os saludan así como Evaristo, que ha escrito esta carta, y toda su comunidad.


Fuente: "La Gesta de los Mártires". Editorial Éxodo. 1era Edición.
PS: Mantenho os grifos.
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