sábado, 1 de outubro de 2011

LA GESTA DE LOS MARTIRES V (continuação)

Nota do blogue: Estou divulgando esta série bem interessante publicada no blogue ¡Ven, Señor Jesús! Aos que quiserem acompanhá-la criei um marcador só para ela.

Saudações,
A grande guerra

LA GESTA DE LOS MARTIRES V
(continuação)

En el año 177, en Lyon
CARTA DE FRANCIA

LOS MÁRTIRES DE LYON
(SEGUNDA PARTE)
Para ver la PRIMERA PARTE. AQUÍ 


***

San Fotino, obispo de Lyon

El bienaventurado Fotino, a la sazón obispo de Lyon, tenía más de noventa años de edad. De salud muy quebrantada, apenas si podía respirar, tan consumido estaba su cuerpo. Mas el ardor del espíritu le devolvió las fuerzas, pues deseaba el martirio. Le arrastraron a él también al tribunal, con el cuerpo quebrantado por la vejez y la enfermedad, mas con el alma intacta. Por ella debía triunfar Cristo. Fotino fue llevado al tribunal por los soldados. Los magistrados de la ciudad lo acompañaban así como toda una muchedumbre, que profería contra él clamores de todo género, como si hubiese sido Cristo en persona. Su testimonio de fe fue espléndido. El gobernador le preguntó cuál era el Dios de los cristianos. «Si sois digno de Él −dijo− lo sabréis». Le arrastraron entonces con brutalidad y le maltrataron muchísimo. Los que estaban más cerca de él le daban puntapiés o puñetazos, sin respeto siquiera a su edad avanzada. Los que estaban más lejos de él le arrojaban todo cuanto estaba al alcance de sus manos. Cada uno hubiera creído cometer un pecado grave y una impiedad, al no ultrajarle. Pues se figuraban vengar de ese modo a sus dioses. El mártir respiraba apenas cuando lo arrojaron a la cárcel. Murió en ella dos días después. Se realizaron entonces los grandiosos designios de Dios, y los hombres conocieron la misericordia infinita de Jesús. Nuestra comunidad de fieles ha visto raras veces semejante triunfo, mas él era muy según el espíritu de Cristo.

He aquí:

Los mártires, los apóstatas

Los que habían renegado su fe no bien los prendieron, no por eso dejaban de estar detenidos junto con los mártires y compartían sus sufrimientos, pues en la circunstancia la apostasía no podía salvarlos. Los verdaderos confesores de la fe estaban encarcelados como cristianos sin que se les hiciere otra acusación principal; los renegados eran encarcelados por homicidas e impúdicos. Su castigo era dos veces más duro que el de sus compañeros. Éstos, en efecto, hallaban confortación en la alegría del martirio, en la esperanza de las promesas, en el amor de Cristo y en el espíritu del Padre. Los apóstatas, en cambio, estaban atormentados por los remordimientos hasta el punto de que, al pasar entre los demás, se les reconocía, sólo al verles. Los confesores caminaban llenos de alegría, el rostro resplandeciente de gloria y de gracia. Sus mismas cadenas se transformaban en un noble atavío, así como los flecos bordados de oro en el vestido de una novia. Esparcían el buen olor de Cristo tan bien que muchos se preguntaban si no se habían perfumado. Los apóstatas pasaban, los ojos bajos, humillados, repugnantes y feos. Más aún, los mismos paganos los insultaban y los llamaban pillos y cobardes. Se les acusaba de homicidio y habían perdido aún el nombre que constituía su honra, su gloria y su vida. Ese espectáculo afirmó a los demás y los que prendían aún confesaban la fe sin vacilación, sin pensar más en un cálculo diabólico.

Los atletas de Cristo

Luego de tantos sufrimientos su martirio final presenta una variedad muy hermosa. Con flores de todas las especies y de todos los colores, tejieron una corona y la ofrecieron al Padre. En recompensa, los valientes atletas, vencedores en innumerables combates, bien merecían la magnífica corona de la inmortalidad.

Entonces, Maturo, Sancio, Blandina y Atalo, fueron conducidos a las fieras en el anfiteatro, para solazar los ojos de los desalmados paganos. Era un día de combates contra las fieras, que se ofrecía expresamente con motivo de los nuestros.

Maturo y Sancio soportaron nuevamente en el anfiteatro toda clase de tormentos hasta el punto de creerse que jamás los habían torturado antes. Mas ellos eran más bien atletas, ya vencedores del adversario en varias luchas, que libraban entonces el combate decisivo por la corona misma. Hubo todavía azotes, según las costumbres del país, heridas ocasionadas por las fieras y todo cuanto el pueblo delirante reclamaba a voces por todos lados; finalmente, la parrilla en la que los cuerpos al asarse exhalaban un olor de grasa. Mas los paganos no estaban saciados. Redoblaban su rabia contra los mártires; querían vencer su resistencia.

A pesar de todo, nada pudieron conseguir de Sancio, sino la confesión de fe que repetía desde el principio. Para terminar, ya que la vida de los mártires resistía aun después de semejante lucha, los degollaron. Ese día, mártires ofrecidos como espectáculo al mundo bastaron para reemplazar los duelos de gladiadores y sus peripecias.

Blandina, colgada de un poste debía servir de presa a las fieras desenfrenadas. Al verla así, como crucificada y orando en alta voz, los combatientes se sentían más valerosos. En plena lucha miraban a su hermana y creían ver en ella, con los ojos del cuerpo, a Cristo crucificado por ellos, con el fin de asegurar a los creyentes que los que sufren por su gloria vivirán para siempre con el Dios viviente.

Sin embargo ninguna de las fieras tocó a Blandina ese día. La desataron entonces del poste y la llevaron de nuevo a la cárcel. La reservaban para otro combate. Sus repetidas victorias en el transcurso de tantas pruebas se transformaban de este modo para la pérfida serpiente en un fracaso sin misericordia y para nuestros hermanos en un acicate para la valentía. Ella, la pequeña, ladébil, la menospreciada, mas revestida de Cristo, el grande e invencible atleta, había rechazado varias veces al adversario. Con el último combate debía merecer ceñir la corona de inmortalidad.

Atalo, fue también imperiosamente reclamado por la muchedumbre, pues era muy conocido. Entró en la arena, preparado para la lucha, seguro como lo estaba de la nobleza de su causa.

Se había ejercitado valientemente en el ejército cristiano y había sido siempre para nosotros un testigo de verdad. Le hicieron dar la vuelta al anfiteatro. Llevaban delante de él un cartel en el que se leía en latín: «Attale, el cristiano». El pueblo estaba rabioso contra él. Mas el gobernador al saber que Atalo era ciudadano romano le hizo llevar de nuevo al calabozo donde se hallaban los demás cristianos. Le mandó un relato al César y aguardó la respuesta. Esa dilación no fue tiempo perdido para los mártires. Su resistencia manifestaba bastante la misericordia infinita de Cristo. Por medio de los sobrevivientes, vivía el recuerdo de los muertos y los mártires perdonaban a los que no habían osado ser mártires: gran alegría fue para la Iglesia, nuestra madre virginal: recibía vivos a los hijos que rechazara como muertos. La mayoría de los renegados probaron nuevamente sus fuerzas, bajo la conducta de los verdaderos mártires. Eran concebidos por segunda vez, a la vida de la gracia, y la vida se volvía a encender en ellos. Aprendían a confesar su fe. Y vivientes y fortalecidos se presentaron al tribunal. Dios que en su bondad no quiere la muerte del pecador, sino su arrepentimiento, los sostenía con su gracia, cuando el gobernador les interrogó nuevamente. En efecto, el César había contestado que se matara a los obstinados y se libertara a los renegados.

Acababa de empezar la fiesta solemne del país y había entonces allí una gran afluencia de extranjeros. El gobernador hizo traer a los bienaventurados a su tribunal y el séquito desfiló, en una decoración de teatro, para diversión de la muchedumbre. Después de un nuevo interrogatorio hizo decapitar a los que eran conocidos como ciudadanos romanos y mandó a los demás a las fieras.

Los que antes habían renegado de Cristo, lo glorificaban ahora magníficamente. Confesaron su fe, contrariamente a lo que esperaban los paganos. Los habían interrogado aparte, como a personas a las que se quiere absolver, mas ellos se declararon cristianos y se les adjuntó al grupo de los mártires.

Quedaron excluidos sólo aquellos que jamás habían tenido vestigio de fe, que nada habían entendido del símbolo del vestido nupcial y que no experimentaban el temor de Dios. Eran los hijos de perdición que, con su media vuelta, habían blasfemado de las vías divinas. Todos los demás quedaron en el cuerpo de la Iglesia.

Junto al tribunal, permanecía de pie un tal Alejandro. Llegado de Frigia, se había establecido como médico en las Galias hacía muchos años. Era conocido universalmente por su amor de Dios y por la franqueza de su lenguaje; había recibido el don de apostolado. Ahora bien, durante los interrogatorios, hacía señas con la cabeza a los acusados y los animaba a proclamar su fe. Las personas que rodeaban al tribunal notaron que se dedicaba a ese trabajo, como para dar a luz nuevos hijos para la Iglesia. La muchedumbre furiosa al ver que los antiguos renegados confesaban nuevamente a Cristo, protestó a voces contra Alejandro y le acusó de esos cambios. El gobernador lo hizo comparecer y le preguntó quién era. «Cristiano», respondió Alejandro. Furioso, el gobernador le condenó a las fieras.

El día siguiente, Alejandro entró en el anfiteatro junto con Atalo. Pues el gobernador, para ser agradable al pueblo, entregaba nuevamente a Atalo a las fieras. Pasaron por todos los instrumentos de torturas imaginados para el anfiteatro y sostuvieron muy rudo combate. Finalmente los degollaron a su vez. Alejandro, sin un gemido, sin una queja, había conversado en su corazón todo el tiempo con Dios. Atalo, sentado en el asiento de hierro y con todo el cuerpo quemado, al percibir con el olfato el olor a grasa que subía de su carne asada, había dicho en latín a la muchedumbre: «Ved: eso que vosotros hacéis, es comer hombres. No comemos hombres, nosotros, y no hacemos daño alguno». Le preguntaron qué nombre llevaba Dios. «Dios −respondió− no tiene nombre como lo tiene el hombre».

Luego de todos esos mártires, el último día de los combates extraordinarios, trajeron de nuevo a Blandina junto con Póntico, muchacho de unos quince años de edad. Los habían llevado cada día al anfiteatro para mostrarles los suplicios de los demás. Querían obligarlos a jurar por los ídolos. Su calmosa resistencia y el menosprecio que manifestaban acerca de los dioses paganos, excitaron contra ellos el furor de la muchedumbre que fue cruel para con la juventud del niño y perdió todo respeto por el sexo de Blandina. Los entregaron a todos los horrores y los hicieron pasar por todo el ciclo de los suplicios. En el intervalo entre los golpes, se esforzaban en hacerlos jurar contra Dios, mas no lo lograron. Póntico era animado por su hermana y los paganos veían que era ella quien le exhortaba y le fortalecía. Soportó valientemente todas las torturas y dio el último suspiro.

La bienaventurada Blandina seguía siendo la última de todos. Cual una noble madre que ha dado el impulso a sus hijos y los ha enviado vencedores ante el rey, sostuvo a su vez los mismos combates que sus hijos en el martirio y se apresuró a reunirse con ellos. Enteramente alegre, y en el júbilo de la partida, parecía una convidada a un festín de bodas y no una arrojada a las fieras. Luego de los azotes, de las fieras y de la parrilla, la colocaron en una red para entregarla a un toro. Lanzada al aire varias veces por el animal, ya no experimentaba nada, entregada de lleno a la esperanza y en la expectación de las recompensas prometidas, enteramente a su conversación con Cristo. Finalmente la degollaron a ella también. Y los mismos paganos confesaron que jamás mujer, entre ellos, había sufrido tanto y soportado tan crueles padecimientos.

Los paganos odian injustamente a los cristianos

Eso no bastaba sin embargo para saciar su furor y su crueldad contra los santos. Excitadas por el Diablo, esa fiera, esas tribus salvajes y bárbaras se apaciguaban difícilmente; y, en su furor, se ensañaron con los cadáveres. Vencidos, no se veían llenos de vergüenza, pues eran incapaces de raciocinar como hombres. Al contrario, el fracaso los volvía rabiosos como bestias. Y tanto el gobernador como el pueblo manifestaban contra nosotros el mismo odio injusto. De este modo se cumplía la palabra de la Escritura: «El impío se hundirá en su impiedad, y el justo será más justo aún». Los mártires muertos asfixiados en la cárcel fueron arrojados a los perros; y se estuvo de guardia día y noche para impedirnos que los sepultáramos. Se expuso de igual modo lo que de los cuerpos habían dejado las fieras y las hogueras: aquí jirones de carnes, allí despojos carbonizados, y también cabezas cortadas junto con los cuerpos tronchados. Y todo aquello permaneció allí muchos días, sin sepultura, custodiado por soldados.

Entre los paganos, unos refunfuñaban y rechinaban los dientes contra los mártires: hubieran querido poder hacerlos sufrir aún. Otros reían burlonamente mofándose de los muertos y glorificaban a sus dioses por haber castigado de este modo a los cristianos. Algunos más moderados y que parecían movidos a algo de compasión multiplicaban su pesar: «¿Dónde está su Dios? −decían− ¿Para qué les sirve la religión que han amado más que a su vida?». Tal era la diversidad de actitud de esas personas.

Entre nosotros reinaba una gran tristeza: no podíamos inhumar los cuerpos. Imposible contar con la noche.

El dinero no seducía a los guardias y nuestros ruegos no los conmovían. La vigilancia no cedía, como si hubiese gran provecho en privar de sepultura a nuestros muertos.

Los cuerpos de los mártires quedaron expuestos al aire libre e insultados en todas las formas, durante seis días. Luego, los quemaron y cuando quedaron reducidos a cenizas, los impíos barrieron esas cenizas y las arrojaron al Ródano que corre cerca de allí, para que no quedara en la tierra la menor reliquia de los mártires. Al hacer eso, los paganos creían vencer a Dios e impedir a los muertos que resucitaran. «Es menester –decían–, quitar a los cristianos hasta la esperanza de la resurrección. Gracias a esa creencia, han introducido en nuestro país una religión desconocida y nueva, desprecian las torturas y están dispuestos a marchar con alegría a la muerte. Veamos ahora si van a resucitar y si su Dios, podrá socorrerles y arrancarles de nuestras manos».


Fuente: "La Gesta de los Mártires". Pierre Hanozin, S.J. Editorial Éxodo. 1era Edición.
PS.: Mantenho os grifos.
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