quinta-feira, 23 de fevereiro de 2012

CRISTO, REY DE LOS NIÑOS


Monsenhor Tihamér Tóth


Nunca como en nuestros días, se ha hablado tanto de los derechos de los niños, de proteger a la infancia, de cuidar con el mayor esmero la salud de los niños...Todo ello es muy valorable.

No obstante, muchas veces da la impresión de que nos olvidamos de lo más importante.

Nos fijamos sobre todo en la salud corporal del niño, en su cuidado material: alimentación, estimulación, higiene, instrucción…

Pero esto solo no basta, porque el niño, además de cuerpo, tiene también alma, espíritu, y está llamado a ser hijo de Dios. Y ¡qué poco se habla del cuidado del alma de los hijos! Y es sobre todo a los padres, a quienes Dios les ha confiado esta obligación, de la que tendrán que rendir un día cuentas.

Nuestro Señor Jesucristo quiere mucho a los niños: «Dejad que los niños vengan a Mí» (Mt 19,14; Mc 10,14). El los ama de una forma especial: «Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe.» (Mt 18,5; Mc 9,36; Lc 9,48). Es El quien promulga la primera ley en defensa del niño: El que escandalice a un niño, mejor le sería que le colgasen del cuello una piedra de molino y le arrojasen al mar (Mt 18,6; Mc 9,41). Aún más, los pone como modelo, y exige a sus Apóstoles que hagan como ellos (Mt 18,3; Lc 9,48). Con los niños quería estar (Mt 19,13), y los bendecía. Cuando entró en Jerusalén, los niños le precedieron cantando el Hosanna. Hasta incluso en la Pasión, cuando llevaba la cruz, aún se preocupó de los niños: «Llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos» (Lc 22,28).

Los padres deben considerar a sus hijos, no como una posesión, como algo que les pertenece, como un mero medio que satisface su instinto de maternidad o paternidad, sino ante todo como criaturas de Dios, como hijos de Dios, llamados a la vida eterna. De ahí que formar su alma, cultivar su espíritu, darle a conocer a Dios, sea la obligación más perentoria, el deber más honroso de los padres.

Si el niño pertenece más a Dios que a los padres — y no hay padre cristiano que no sienta la verdad de estas palabras —; si es verdad que Cristo es Rey de los niños, de ahí surge una consecuencia importantísima: el deber santo de educar al niño no sólo para esta vida terrenal, sino también y principalmente para la vida eterna.

Sin embargo, ¡cuántos padres olvidan esta verdad de capital importancia! ¡Cuántos hacen los mayores sacrificios y no escatiman fatigas ni trabajos para lograr que su hijo sea más y más sano, más listo, más instruido! Escuela, piano, idiomas, clases de baile, deporte...; todo esto está muy bien, pero el padre se olvida que su hijo tiene también alma... ¿Te has preocupado también de su alma? No olvides que el niño pertenece a Dios, quien te pedirá cuenta un día del tesoro que te ha confiado.

«A mi hijo ya le dan clases de religión en la escuela», se justifica el padre.

Pero eso no es suficiente. ¿De qué sirven una o dos lecciones semanales de religión, si en casa y en la calle, en los medios de comunicación social, el niño no ve puestas en práctica las hermosas verdades de la clase de religión o más bien contempla ejemplos completamente opuestos a los que aprende en la clase?

«Pues ¿qué he de hacer? ¿Predicarle continuamente? ¿Tendré que estar haciéndole rezar machaconamente?»

Ciertamente, tendrás que hablarle con frecuencia de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo, de la Virgen, de los santos, y procurar que tu hijo rece, pero has de hacer algo más.

¿Qué? Tres cosas:

1.º Educar su voluntad.
2.º No ser ingenuo, vigilar su comportamiento, y
3.º Educar con el ejemplo.

1.º Educar la voluntad del niño.

Es decir, acostumbrarle a obedecer y a cumplir con su deber.

El Antiguo Testamento, en la historia de Helí, da un aviso muy serio a los padres que todo lo perdonan, que todo lo excusan.

«Castigaré perpetuamente su casa por causa de su iniquidad: puesto que sabiendo lo indignamente que se portan sus hijos, no los ha corregido como debía» (1 Reyes 3,13). Y, sin embargo, Helí reprendió a sus hijos, sólo que no lo hizo con la suficiente severidad.

Pues bien; ¿qué diría el Señor hoy sobre el amor insensato, el «amor melindroso» de los padres actuales? De los padres que dan culto a nueva clase de idolatría: en el trono está sentado un minúsculo tirano de cuatro o cinco años, que se enfada, que grita, que furioso golpea el suelo con los pies, y dos vasallos ya maduros, un hombre y una mujer, se inclinan asustados y corren a cumplir todos los necios caprichos del tirano amado, del querido idolito.

Educar implica no mimar con exceso al niño y acostumbrarlo a una obediencia pronta y sin réplica. Porque el niño al principio no sabe lo que es la obediencia, y hay que enseñársela.

«Pero, ¿y si llora el niño?, ¿si nos exige ciertas cosas?» Pues que llore, que esto no dañará su salud. Sépanlo bien los padres: Mejor es que llore el niño cuando sea pequeño, para que un día, cuando ya sea mayor, no tengan que llorar sus padres por él.

2.º Vigilad su comportamiento.

No necesitáis estar siempre detrás de él. Basta con que sepáis en cada momento dónde está vuestro hijo, qué es lo que hace y con quién está.

No os excuséis diciendo: «¡Mi hijo es aún tan ingenuo, tan niño, tan inocente!» No excuséis de esta manera vuestra negligencia. Vuestro hijo tiene, como todos, pecado original, y está expuesto como todos ser tentado y sufrir caídas. ¿Qué diría a semejantes padres SAN PABLO, el Apóstol de las gentes? «Si alguien no tiene cuidado de los suyos, principalmente de sus familiares, ha renegado de la fe y es peor que un infiel.» (1 Tim 5,8).

Es una lástima comprobar que muchos padres tienen tiempo para muchas cosas, menos para educar a sus hijos. No les interesa, y por eso, tampoco les vigilan y no les previenen de muchas ocasiones de peligro para sus almas.

3.º Y finalmente, educar al niño con el ejemplo.

Porque el ejemplo arrastra. Por desgracia, van desapareciendo hermosas costumbres cristianas en el hogar, que tanto bien han hecho. La oración matutina y vespertina hecha en común, lecturas religiosas, imágenes de santos colgadas de las paredes, conversaciones sobre temas religiosos...

«Si la raíz es santa, también lo son las ramas», dice el APÓSTOL (Rom 11,15).

¿Y si no es santa? Si el padre y madre tienen el alma fría, helada, ¿qué será del niño?...

¿Dónde puede estar la raíz del problema de la educación de los hijos? ¿No será que los criterios mundanos han contagiado el mismo santuario de las familias cristianas? ¿No será que los niños ya no se consideran como una «bendición», sino más bien de una «maldición» de la familia?

Si echamos una mirada retrospectiva a la Historia, vemos por todas partes que donde han vivido hombres honrados, allí se ha considerado al niño como el mejor tesoro de la familia. Un ejemplo, el pueblo judío del Antiguo Testamento. La mujer se consideraba desdichada si Dios no le concedía hijos. La Sagrada Escritura consigna de una manera conmovedora la oración de ANA, madre de Samuel: «Señor de los ejércitos, si te dignas volver los ojos para mirar la aflicción de tu sierva..., y das a tu sierva un hijo varón, le consagraré al Señor por todos los días de su vida» (I Samuel 1,2).

Acuérdate de Santa Isabel, que estaba profundamente entristecida por no tener hijos. Pero ¡cuál fue su júbilo al nacer San Juan Bautista!; «supieron los vecinos y parientes la gran misericordia que Dios le había hecho, y se congratulaban con ella» (Lc 1,58).

Repasa la historia de Roma y repara en los paganos de sentimientos rectos y nobles. Una amiga que viene de Capua visita a CORNELIA, una de las más nobles damas romanas, y no cesa de hacerse lenguas de sus propias alhajas. «Pero, querida amiga, enséñame tú también tus más hermosas joyas», le dice finalmente. Entonces Cornelia hace entrar a sus hijos: «Mira, éstas son mis alhajas más hermosas».

El niño era parte esencial de la familia, hasta el punto que ésta no se consideraba perfecta sin la bendición de los hijos. Si hoy preguntamos a un campesino cristiano, aún no contaminado por las corrientes modernas: «¿Tienes familia?», nos contestará: «Sí, tengo cinco», aludiendo a sus cinco hijos, porque, según su modo de pensar, donde no hay niños no hay familia.

Y, en verdad, ¿qué es el matrimonio sin hijos? Un árbol espléndido que no da ningún fruto.
¿Qué es el hogar más rico sin hijos? Un sol invernal que no irradia calor.

Pero hoy día se ha inculcado un pensamiento terrible: el miedo de las familias a tener niños. Es realmente lamentable ver a matrimonios que gozan de buena salud, a quienes Dios concedería la bendición de tener hijos, y sin embargo, ellos no quieren aceptar este don, porque, para ellos, el niño no es más que una carga.

Realmente es horrendo no aceptar la voluntad de Dios, no querer acoger al niño que el Señor les manda.

Da escalofríos solo pensar que haya novios que se casan con la idea de no tener niños, que quieren ser solo esposo y esposa, pero no padre y madre.

Nos asombra ver que el santuario de la familia se ha transformado en un antro de pecado; que la casa retumba de puro vacía; que sean los propios padres los que maten a sus propios hijos, o que pongan obstáculos para que sean concebidos; que haya madres que no quieran mecer la cuna de su bebé, sino cavar su tumba; que el vergel de la familia no tenga flores y no despida fragancia...

No quiero tratar más de este pecado, de este mal terrible.

¡Ojalá los esposos considerasen atentamente que ellos tendrán que rendir cuentas a Dios de este pecado, de haber rebajado el sacramento del matrimonio hasta límites realmente increíbles!

No se necesita ser muy listo para comprender adónde llegará una nación que deliberada y sistemáticamente las familias no tienen más que un solo hijo. Aunque haya dos, no por ello aumenta el número de la población, porque en tal caso, mueren dos viejos y se quedan dos jóvenes. Y no se compensa el número de los que por diversas circunstancias mueren solteros. Se necesitan hogares en que haya, por lo menos, tres hijos. ¡Cuántas son hoy día las familias que no tienen más de dos hijos! O uno solo. ¡Y quizá ni siquiera uno! Este terrorífico modo de pensar cunde por todos los sitios, no sólo en las ciudades, también en el campo.

Pues, si nadie se atreve a levantar la voz, por lo menos lo hace la Iglesia católica, para defender aquellas vidas inocentes a las cuales se les cierra la entrada a este mundo. Si la Iglesia no hubiese promovido siempre la vida, no tendríamos a San Francisco Javier, hijo séptimo de sus padres. No tendríamos a Santa Teresita de Lisieux, la novena de la familia. No tendríamos a San Ignacio de Loyola, que fue el hijo decimotercero. Y no tendríamos a Santa Catalina, la vigésima quinta. Y se podrían citar muchos más casos.

Siempre ha habido padres egoístas, pero nunca en proporciones tan asombrosas como en la actualidad.

Nunca se ha difundido este pecado con tan cínica propaganda. Nunca con tanta despreocupación y tan refinada maldad.

Me objetarán algunos: «Se ve que no conoce usted la vida real. No hay trabajo. Las casas son carísimas. ¡Todo está tan caro! A duras penas podemos vivir los dos; ¿qué haríamos, pues, si fuésemos cinco o seis en casa?»

He de confesar que tienes razón en algunas cosas. Bien sé cuánto cuesta vivir hoy. Y conozco los departamentos pequeños en que la gente vive hacinada. También sé cuánto cuesta la alimentación y el vestido. Y si yo fuera legislador, ordenaría que el padre de numerosa familia pagara menos contribución y recibiera más ayudas, y que en las ofertas de trabajo, que de alguna manera fuesen favorecidos en primer lugar, y prohibiría oficialmente los anuncios en que «se busca un matrimonio sin hijos». Sí, todo esto haría...

Pero también tengo que añadir: A pesar de todo, el mandato es claro y categórico. La Iglesia insiste y ha de insistir. Porque el Señor no promulgó el quinto mandamiento en esta forma: «No matarás, a no ser que no tengas casa.» Ni dio el sexto de esta manera: «No fornicarás, a no ser que seas pobre.» ¡No! En el Decálogo no hay condiciones. La forma de la ley es absoluta: “¡No matarás!» «¡No fornicarás!»

«Pero ¿y si somos muy pobres? ¿Y si la mujer es enfermiza?»

Y ¿no crees que el Señor Dios, que envía el niño, le dará también el pan de cada día? «¿Que la mujer es enfermiza?» Y ¿no es mejor que padecer la muerte del alma que se produce por el pecado de rebelarse contra la voluntad de Dios? Y si realmente ya no es posible educar más hijos, entonces hay esta solución: la continencia en el matrimonio, por lo menos en los días fértiles del periodo de la mujer. ¿Es muy difícil? Sí, lo es. Pero la Iglesia no puede ceder. Y aunque se quedara a solas con su opinión en el mundo actual, que camina cabeza abajo, aun entonces abogaría a voz en grito por la pureza del matrimonio: aun entonces protegería a los inocentes niños no nacidos todavía, porque Cristo es Rey también de los más pequeños.

Aunque perdiera con este proceder muchas almas tibias, contaminadas, seguiría abogando por la buena causa, sabiendo que no sólo defiende con ello las leyes de Dios, sino también los intereses de la Humanidad.

Y seamos sinceros: en la mayoría de los casos, donde más se huye de los hijos no es precisamente en las familias más pobres.

¿Qué familias suelen ser las más numerosas? Justamente las familias más modestas, las más pobres. En cambio, ¿dónde hay sólo un hijo, o ni siquiera uno? Entre la gente rica y acomodada. Si tuvieran muchos hijos, ¿no podrían darles de comer? ¡Oh!, ¡y con gran abundancia! Pan y leche no les faltarían. Pero los muchos hijos estorbarían sus vacaciones, sus diversiones, su bienestar.

¡Madres! ¿Habéis pensado en «el día de la ira», cuando los niños que no pudieron nacer levanten sus manectias para acusaros? ¡Acusaros a vosotras ante el trono de Dios!

Madres, madres que no queréis más que un hijo, ¡cuidado! ¿Qué será si Dios os quita el hijo único? ¿Qué será cuando, con los ojos arrasados de lágrimas, con el alma quebrantada, volváis del cementerio y estalléis en quejas contra Dios, porque ha permitido tan cruel desgracia?

(Cristo Rey - Resumen adaptado por Alberto Zuñiga Croxatto)

P.S: Grifos meus.
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