quarta-feira, 9 de novembro de 2011

La Dolorosa Pasión de San José

LA DOLOROSA PASIÓN DE SAN JOSÉ

LA DOLOROSA PASIÓN DE SAN JOSÉ
 
María Inmaculada —dice el Evangelio— permaneció unos tres meses con su prima Santa Isabel y luego regresó a su casa. Este lacónico texto nos permite imaginar los sentimientos de la Virgen Santísima durante el viaje de vuelta a Nazaret.
Volvía feliz, pensando en San José, pero su felicidad era menos clara que a la ida. Sabía que pronto su prometido advertiría su estado, y tal idea le causaba una inquietud que sólo podía paliar pensando en la gloria del Ser divino que llevaba en su seno, adorándole llena de confianza y de abandono.
Al llegar a Nazaret, San José la acogería con desbordante gozo, que le impediría reparar en su estado. Sin embargo, los signos de su futura maternidad ya habrían comenzado a manifestarse y la gente del pueblo, al darse cuenta, no dejarían de felicitar a la joven pareja…
Es entonces cuando estalla el drama en el alma de San José. Al principio, no termina de creérselo. Está a punto de rechazar como injurias las enhorabuenas, pero pronto comprende que no hay error posible. No cabe duda: María lleva un niño en su vientre… Y ante esta realidad indudable, su espíritu se hunde en un abismo de agonía…
Repugna imaginar que la virginidad de María fuese puesta en entredicho, incluso fugitivamente, en el espíritu de San José.
San Jerónimo exclama: José, sabedor de la virtud de María, rodeó de silencio el misterio que ignoraba.
San Bernardo pregunta en su segunda homilía super Missus est: ¿Por qué motivo quiso San; José, abandonar a María? Y contesta con estas expresivas palabras: Quiso dejar San José a María, por lo mismo que quiso también San Pedro repeler de sí al divino Maestro diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Por aquello, por lo cual el Centurión alejaba igualmente de su casa a Jesús cuando decía: Señor, yo no soy digno de que entres en mi morada. Así, pues, de un modo parecido, San José, reputándose indigno y pecador, decía dentro de sí que no era para él cosa decente vivir ya más en familiar consorcio con tal y tan excelsa Señora, cuya superior y admirable dignidad le imponía. Observábala con sagrado pavor, revestida de una clarísima señal de la divina presencia, y porque no podía comprender el misterio, por eso quería dejarla.
¿Cómo iba a dudar de la inocencia de María?
¿Cómo iba a creerla culpable?
Rechazaría tal pensamiento como un crimen. La inocencia de María Santísima era patente en todas sus palabras, en todos sus gestos. Seguía siendo igual de cándida, igual de sencilla… Continuaba realizando sus tareas habituales con la misma dedicación, sin artificio ni duplicidad. Ninguna inquietud, ningún gesto equívoco, rompía la serenidad de su sonrisa o la pureza de su semblante.
Cuando se acercaba a él, le miraba con sus ojos profundos, más llenos que nunca de amor y de lealtad, y le tendía las manos con su naturalidad habitual…
¡No!, no es una culpable la que tiene ante él.
Pero, ¿por qué no le dice nada? ¿Por qué calla? ¿No tiene acaso derecho a saber la verdad?
María, con una sola palabra, hubiera podido tranquilizar e inundar de gozo al angustiado José. Si no lo hizo, fue porque no había recibido el mandato de descubrir el secreto del Rey. Pensaría que era conveniente que, por delicadeza, no hiciera ella tal confidencia a su esposo, y esperaría, llena de confianza, que Dios hablara a San José.
Y mientras esperaba, rezaría y se abandonaría en manos de la Sabiduría infinita.
Este abandono no impedía que sufriera. Si guardaba silencio era porque tenía una fe heroica, no porque fuera indiferente. Veía la profundísima angustia que atenazaba a su esposo y la sentía como propia, viviendo así su primer misterio doloroso.
Observaba en su frente arrugada, en sus rasgos afilados y ensombrecidos, una especie de desesperación tanto más profunda cuanto que no podía compartirla con nadie. Sus ojos estaban enfebrecidos y fatigados, y ella adivinaba que debía estar pasando horribles noches en vela. Le veía ir a su trabajo como a rastras y, sin embargo, continuaba guardando silencio, aceptando la idea atroz de que José pudiese alimentar sospechas sobre esa virginidad que Él santamente había respetado.
De hecho, en el alma de San José se desarrollaba un dramático combate. Dios no ha puesto jamás en una situación como aquella a un alma superior en santidad y amada por El con amor de predilección. Durante noches y días tuvo que luchar con aquel enigma ‘irresoluble, dándole vueltas y más vueltas. Cada hora que pasaba estrechaba más y más el lazo que apretaba su corazón, convencido de que el silencio de su esposa encerraba un misterio cuyo velo no se creía autorizado a levantar.
Se sentía perplejo ante la doble imposibilidad de conservar a María y de condenarla. Su lealtad le prohibía tanto seguirla teniendo por esposa como exponerla a la vergüenza pública. No ignoraba la férrea norma dictada por Moisés que ordenaba, en casos como éste, entregarla a los tribunales de justicia; pero como estaba convencido de que María era inocente, buscaba la manera de dejarla en libertad salvaguardando al mismo tiempo su honor.
Por una parte no podía conservarla, pues a ello se oponía la Ley. No tenía ningún derecho sobre el fruto que llevaba en sus entrañas, cuyo origen ella le ocultaba, y tampoco quería hacerse solidario de un misterio que le estaba vedado.
El texto del Evangelio lo señala claramente: Porque era “justo”, no quería denunciar a su prometida ante los tribunales, ya que estaba envuelta en un misterio que no le correspondía desvelar, un misterio que presentía que venía de Dios.
Así pues, sólo una cosa podía hacer, incluso a riesgo de difamarse él mismo. Una cosa con la que creía salvaguardar al mismo tiempo el honor de María y la obediencia a la Ley: Se separaría de su prometida no por despecho, sino para respetar un misterio que no le estaba permitido desentrañar.
No tendría más remedio que abandonarla, después de devolverle su anillo y de recuperar los presentes que le había hecho en los esponsales… Sí: la dejaría en secreto, sin decir nada a nadie.
¡Gran dolor fue esto para el castísimo José! Y fue, asimismo, grande la aflicción de María, que notó a su vez la ansiedad que embargaba a su santo esposo.
Pero, si el uno fue muy paciente y discreto en tolerar con el silencio su afán, la otra fue humildísima y resignada a los designios divinos. Hubiera podido Ella decir alguna palabra a José, y librarlo de la perplejidad; pero su profundísima humildad no le consentía manifestar el inefable misterio que en Ella había obrado el Espíritu Santo, y del que tanta gloria le resultaba.
Además, sabía Ella que el Señor había dado, principio a la obra de la Encarnación con altísimo silencio, y sin el testimonio o participación de criatura alguna; había advertido que Dios mismo había revelado este misterio a Isabel, cuando, al verla ésta, llamó bendito el fruto de su vientre, y dedujo que sólo a Dios pertenecía manifestarlo a quién, cómo y cuándo hubiese sido de su agrado. Decidió, pues, abandonarse completamente a la voluntad de Dios, adorando sus disposiciones.
Pero San José tarda en ejecutar su proyecto. Lo aplaza día tras día, hasta que llega el momento en que la situación ya no puede prolongarse.
Dios, sin duda, ha aceptado su sacrificio —puesto que nada dice—, un sacrificio más duro aun que el que pidió a Abraham mandándole sacrificar a Isaac, su único hijo…
Por fin, se decide: Mete en un saco lo que se va a llevar, para partir con el alba… Y mientras espera, dice: Señor, Señor, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué permites que sufra tal martirio?…
Porque eras agradable a Dios, José, la tentación había de probarte. Porque en la mente del Altísimo estabas predestinado a ser abogado de las causas perdidas, hacia quien volverán sus ojos las almas doloridas en las horas tenebrosas y aplastantes, era preciso que tú mismo lo experimentases, que estuvieras preparado para desempeñar tu papel.
Porque te había correspondido el indecible honor de ser Padre Adoptivo del Verbo Encarnado, tenías que quedar marcado con la Cruz, signo supremo de su Redención. Y esa Cruz debía alcanzarte en el punto más sensible para ti: el amor que profesabas a aquella que, después de Dios, ocupaba el centro de tus pensamientos…
Porque debías ocupar un lugar privilegiado en el drama de nuestra Salvación, tenías que participar en el sufrimiento. No ibas a estar presente, al lado de María Corredentora, junto a la Cruz del Gólgota, pero tenías que conocer, Tú también, y vivir por anticipado, el misterio de Getsemaní y del Viernes Santo.
Sin embargo, Dios se va a contentar con aceptar su holocausto sin exigir que se realice…
Dios había conducido a San José hasta el borde de la sima de la desolación, hasta el límite en que el sufrimiento, colmado, no se puede superar. El momento de la atroz separación había llegado.
A la espera de partir en secreto, antes de que amanezca, Dios ha permitido que José, rendido de cansancio y de dolor, se duerma. Y de repente, mientras duerme, un Ángel del Señor se le aparece.
Parece razonable presumir que este Ángel fuese Gabriel, el mismo que se había aparecido a María para anunciarle la concepción del Salvador, ya que habría sido designado por Dios para ejecutar todas las órdenes concernientes al misterio de la Encarnación.
Habiendo tomado esta resolución —dice San Mateo en su Evangelio—, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados…
“José, hijo de David”, le dice el Ángel. El pobre carpintero de Nazaret, consciente tan sólo de su pequeñez, es llamado con el máximo respeto. Le saluda como descendiente de reyes, le da su título de nobleza, pues ha llegado el momento de recordar las promesas que fueron hechas a su antepasado el Rey David y que han empezado ya a cumplirse.
“No temas recibir en tu casa a María, tu esposa”. Si José estaba dispuesto a abandonar a María, no era por indignación o despecho, sino por temor. Temía que, quedándose, pareciera que asumía una paternidad a la que no tenía derecho, que se inmiscuía indiscretamente en un misterio que no le concernía, ofendiendo así al Señor.
“Pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo”. Esta frase proporciona la clave del enigma y revela la prodigiosa grandeza de lo que se ha realizado en el seno virginal de María. Se trata de una concepción que tiene por autor al Espíritu Santo. El Dios eterno ha intervenido allí donde no había lugar para la carne ni la sangre.
“Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados”. Aunque José no haya participado en la concepción, no deberá considerarse por eso como un extraño respecto al Niño. Antes al contrario, se le anuncia que ejercerá el oficio —con todos sus derechos— de un auténtico padre, en especial el de darle un nombre.
Ese nombre designa su misión, pues “Jesús” quiere decir “Salvador”; viene a la tierra, en efecto, para librar a los hombres de la peor esclavitud: la del pecado. Y con ello afirma su naturaleza divina, pues ¿quién puede librar a la humanidad de su pecado sino Dios?
San José no tuvo oportunidad de dialogar con el Ángel como María en el momento de la Anunciación. Recibe el mensaje de Dios mientras duerme, pero eso le basta para disipar sus temores. Aunque la visión se ha producido en sueños, hay motivos para pensar que fuese una visión de carácter profético, sin lugar para la ilusión o la duda, que llevaba en sí misma la certeza de una procedencia divina.
José estaba seguro de que no ha “soñado” en el sentido vulgar del término: es Dios quien se ha dirigido a él por mediación de un Ángel.
Inundado de felicidad, se despierta inmediatamente. Le invade una alegría desbordante, equivalente a su anterior angustia. Las sombras desaparecen, la tempestad se disipa. El lazo que anudaba su corazón se rompe y, liberado de su tortura, exulta de júbilo.
Todo se ilumina a sus ojos, todo resplandece. Se da cuenta de que Dios le ha confiado no sólo lo más valioso del mundo, sino también lo que vale más que todos los universos posibles…
Comprende que el Niño que se ha encarnado en el seno de su prometida es el Mesías, por cuya venida tanto ha rezado. Se acuerda del texto de Isaías: Una virgen concebirá y alumbrará…
Y esa Virgen profetizada es María, lo cual no le sorprende, pues conoce mejor que nadie su santidad y sus virtudes. Sí, es digna de convertirse en tabernáculo del Altísimo…
Al mismo tiempo, se dibuja ante sus ojos el papel que le ha sido asignado. Se da cuenta de que, lejos de dejar de ser su esposa al convertirse en Madre del Hijo de Dios, lejos de seguir considerándose como un intruso, Dios mismo le ha encargado salvaguardar, con su presencia, el honor de María y del Niño, asegurarles con su entrega la necesaria protección.
Sin Él, el misterio de la Encarnación habría carecido de su armoniosa expresión.
Su misión se le presenta como soberanamente grave. Es un peso exaltante y abrumador a la vez. Se pregunta cómo él, simple trabajador aldeano, ha podido ser elegido para tal tarea y, lejos de enorgullecerse, se siente penetrado de la conciencia de su bajeza y miseria. Pero sabe que Dios lo quiere así y que, en adelante, deberá callar sus temores y sus dudas. Está dispuesto a encarar esa responsabilidad, convencido de que Dios le ayudará.
Enseguida, pues, acepta su misión. No es su costumbre responder a los favores del Cielo con protestas de incapacidad. Estima que es más urgente, cuando Dios habla, responder a su llamada con presteza y sin vacilaciones.
Al despertar José de su sueño, dice el Evangelio, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.
Así como María, a las palabras del Arcángel Gabriel había contestado: Hágase en Mí según tu palabra; del mismo modo, el Santo Patriarca a las palabras del Arcángel depuso todo temor, inclinó la cabeza, y recibió a María en su casa, a quien amó y veneró más que antes, reconociéndola por Madre del Divino Redentor.
En cuanto amanece, corre a casa de su prometida. María, que le abre la puerta, comprende inmediatamente, viendo la expresión de su cara, su sonrisa radiante, que Dios le ha revelado el misterio. Es lo que, por supuesto, le anuncia contándole la visión del Ángel.
María, por su parte, informa, por primera vez a una criatura humana, de la escena que precedió a la Encarnación del Verbo.
Al terminar, San José, posando sus ojos, llenos de ternura y de respeto, en el rostro de su esposa, quien, a causa del misterio operado en Ella aparece más bella, más pura y más divina, la saludaría como la Flor de Jessé, que, según la profecía, contenía, en germen, la esperanza de los tiempos futuros. Y, por primera vez, haciéndose eco de las palabras que María había escuchado en la Anunciación y en la Visitación, entonaría la alabanza que los labios humanos habían de repetir incesantemente hasta el fin de los siglos: “Dios te salve, María, llena de eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.
Y María respondería a su vez repitiendo una vez más los versículos del Magníficat
Luego, hablarían de la ceremonia nupcial, manifestándose de acuerdo en la conveniencia de celebrarla cuanto antes, no sólo porque fuera oportuno socialmente, sino también, y sobre todo, porque José tenía prisa en obedecer las órdenes del Cielo y poner así de manifiesto que deseaba incorporarse de lleno al misterio inefable en que Dios había querido implicarle.
Deseaba mostrar que aceptaba la Paternidad legal del Niño y que ocupaba el lugar que se le había asignado.
El Evangelio de San Mateo nos dice que San José, tras la aparición del Ángel, hizo lo que le había sido indicado: recibió a María en su casa. Por lo tanto, se apresuraría a ratificar mediante la boda la unión que había acordado con Ella el día de los esponsales.
Se conoce con bastante precisión cómo se desarrollaban entonces entre los judíos las ceremonias nupciales. Ni qué decir tiene que María Santísima y San José, respetuosos con los menores detalles de la Ley, observarían exactamente todas las costumbres y ritos tradicionales.
María llevaría el atuendo en uso: una larga túnica multicolor cubierta por un amplio manto. Bajo su velo y ciñendo su pelo cuidadosamente dispuesto, una corona sobredorada.
Al caer la tarde, montaría en un palanquín y la conducirían a la casa de José. Los invitados a la boda, vestidos de blanco, con un anillo de oro en el dedo, la escoltaban, y un grupo de jóvenes doncellas la precedían con una lámpara encendida, mientras otras ondeaban ramas de mirto sobre su cabeza.
Los habitantes de Nazaret, avisados por el sonido de las flautas y los tamboriles, se apretaban curiosos, en las terrazas y a lo largo de las calles para aplaudir a la desposada. Nadie sospechaba que se trataba de la elegida de Dios, en cuyo seno habitaba ya el Mesías, objeto de todos los deseos y anhelos de la nación.
José esperaría a María en el umbral de su morada, vestido también de blanco y coronado de brocado de oro. Uno y otro, ya dentro de la casa, intercambiarían sus anillos y se sentarían mirando a Jerusalén, María a la derecha de José, bajo un dosel o nicho ricamente adornado con objetos dorados y telas pintadas.
Tras la lectura del contrato de sus esponsales, beberían en el mismo vaso, roto enseguida en su presencia con un gesto que significaba que debían estar dispuestos a compartir sus penas y alegrías.
El banquete se desarrollaría en la hospedería de Nazaret, y las fiestas se prolongarían, en un clima de desbordante jolgorio, durante varios días.
José y María ya estaban unidos ante Dios y ante los hombres.
Dios se había reservado a María, pero se complacía en dar a un hombre mortal, a José, un derecho matrimonial sobre esta criatura privilegiada, bendita entre todas las mujeres.
 Ponía en sus manos a la que había creado con tanto amor, en la que había pensado desde toda la eternidad, a la que iba a hacer suya con tanto celo.
 lla le pertenecía ya, pero cuando Él había pronunciado el “sí” de los esponsales, no había dado más que un asentimiento a su unión con una mujer virgen.
Ahora, sin embargo, esa Virgen se ha convertido en Madre del Mesías y Dios mismo le ha pedido que la aceptara.
Por eso, pronunció un nuevo “sí” que le asoció definitiva y plenamente a los imprevisibles destinos de la Corredentora del género humano…
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