quarta-feira, 12 de outubro de 2011

LA GESTA DE LOS MÁRTIRES VIII

Nota do blogue: Estou divulgando esta série bem interessante publicada no blogue ¡Ven, Señor Jesús! Aos que quiserem acompanhá-la criei um marcador só para ela.

Saudações,
A grande guerra

LA GESTA DE LOS MÁRTIRES VIII
(Primeira Parte)

BAJO EL PODER DE SEPTIMIO SEVERO
En el año 203, en Cartago

DAMA Y ESCLAVA
PERPETUA Y FELÍCITAS
(primera parte)


El lector se convencerá personalmente de la sinceridad de la narración, de la que gran parte es escrita por la misma Perpetua o por alguno de sus compañeros. En el prólogo y en el epílogo, así como en algunas reflexiones, se ocultaría, a los ojos de varios críticos, la pluma de Tertuliano.

Por su amplitud y su patético, que hacen de ella una obra maestra, esta «Acta» ha adquirido una celebridad aún floreciente en nuestros días.

***

Los ejemplos de fe de nuestros padres, que manifiestan la gracia de Dios y edifican a los hombres, han sido conservados cuidadosamente por escrito. Con esa lectura en que están evocados esos hechos notables, se quería dar gloria a Dios y confortación al hombre. ¿Por qué no consignar también las hazañas de hoy? ¿Por ventura, no se podría sacar de éstas las mismas ventajas? Esos ejemplos nuevos se volverán a su vez antiguos; serán necesarios a la posteridad aún, si, por ahora, poco agradan a causa de la manía por la antigüedad.

¡Abran pues los ojos aquellos que aprecian según la antigüedad el poder del Espíritu Santo! ¿No es siempre el mismo Espíritu y por ventura cambió su poder? Mucho mejor, si habríamos de hacer más caso de los prodigios recientes, ya que son los últimos y que la gracia debe derramarse creciendo siempre hasta el fin de los tiempos. «En los últimos días −dice el Señor− derramaré mi espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán. Sí, derramaré mi espíritu sobre mis siervos y mis siervas y los jóvenes tendrán visiones y los ancianos sueños».

Por eso, aceptamos las profecías y las visiones nuevas. Dios las había prometido, y nosotros, para servir a la Iglesia, las honramos, así como a las demás manifestaciones del Espíritu Santo. Pues es el mismo Espíritu que ha sido enviado a la Iglesia para ser allí el dispensador de todos los dones en la medida que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros.

Debemos pues anotar por escrito esas maravillas y difundir su lectura para gloria de Dios. De ese modo no seremos pusilánimes ni desconfiados frente a la gracia, y no nos imaginaremos que sólo los antiguos han recibido la gracia de arriba, ya para morir mártires, ya para profetizar. Dios cumple siempre sus promesas, para confundir a los impíos y sostener a sus fieles.

Por eso os anunciamos, queridos hermanos e hijos, lo que hemos oído, lo que hemos tocado. Vos que estabais allí, os acordaréis de la gloria del Señor, vosotros que os enteráis de ellos leyendo esta narración, os asociaréis con los santos mártires, y por ellos con el Señor Jesucristo a quien sean glorias y honra en los siglos de los siglos. Amén.

Habían detenido a catecúmenos muy jóvenes aún: Revocato y Felícitas, su compañero de esclavitud, a Saturnino y a Secúndulus. Junto con ellos se hallaba también Vibia Perpetua. Era una joven dama de noble alcurnia que había recibido brillante educación y contraído un lindo matrimonio. Tenía padre y madre, dos hermanos −uno de ellos era de igual modo catecúmeno−, y un niño de pecho. Tenía unos veintidós años de edad. Ella misma ha narrado toda la historia de su martirio. Hela aquí; escrita de su mano a su manera.

Narración de Perpetua

Estábamos aún con los guardias que nos habían detenido, escribe y ya mi padre las emprendía conmigo. En su ternura, se encarnizaba en trastornar mi fe.

—Padre −le dije−, ¿ves ese vaso que está tirado allí? ¿Esa taza u otra cosa?
—Lo veo −dijo mi padre.
— ¿Puede llamársele con otro nombre que el que lleva? −le argumenté.
— No −respondió mi padre.
— ¡Pues bien! Yo de igual modo, no puedo llamarme otra cosa de lo que soy: cristiana.

La prisión pagana

Esta palabra puso a mi padre fuera de sí. Se abalanzó sobre mí para arrancarme los ojos, mas se contentó con maltratarme y se marchó, con sus argumentos del Diablo.

Durante varios días no volví a ver a mi padre. Por ello bendigo a Dios, y su ausencia fue un gran consuelo para mí. Fue precisamente cuando nos bautizaron. El Espíritu Santo me inspiró no le pidiera nada al agua del bautismo, sino la resistencia de la carne.

Algunos días más tarde, nos encarcelaron. Esto me atemorizó: ¡jamás había conocido semejantes tinieblas! ¡Oh día penoso! Un calor sofocante se desprendía de la muchedumbre de los detenidos, y los soldados nos maltrataban para conseguir dinero. Finalmente, estaba atormentada por la inquietud a causa de mi hijo. Entonces Tercio y Pomponio, los diáconos dedicados a nuestro servicio, obtuvieron a fuerza de dinero que nos dejaran descansar durante unas horas cada día en un lugar de la cárcel más agradable. Una vez fuera del calabozo, cada uno hacía lo que quería. Yo, amamantaba a mi hijito, completamente debilitado por el hambre. Inquieta acerca de su suerte, hablé de ello a mi madre. Confortaba a mi hermano y le recomendaba mi hijo. Padecía al ver que los míos sufrían a causa de mí. Durante largos días me carcomió de ese modo la inquietud. Conseguí por fin que el niño quedara conmigo en la cárcel. Al instante recobró fuerzas y fui librada de mi pena y de mis cuidados. La prisión en seguida se transformó para mí en un palacio y prefería estar allí antes que en cualquiera otra parte.

Un día mi hermano me dijo: «Hermana mía, ya tienes mucho mérito ante Dios. Tienes bastante poder para pedirle una visión. Ruégale te manifieste la suerte de los cautivos: ¿seréis ajusticiados o libertados?»

Sabíame en comunicación con el Señor, cuyos beneficios tan grandes había conocido. Llena de confianza, prometí a mi hermano que le preguntaría a Dios y le dije: «Mañana te daré la respuesta».

«Oré y he aquí mi visión».

La visión de Perpetua

«Vi una escalera de hierro de una altura asombrosa; se alzaba hasta el cielo y era tan angosta que no se podía subir a ella sino uno por uno. En los banzos estaban clavados hierros viejos de todas las especies: espadas, lanzas, uñas encorvadas, cuchillas. Si uno hubiera trepado sin precaución y sin mirar arriba, hubiera sido destrozado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros viejos. Al pie de la escalera estaba acostado un enorme dragón. Armaba lazos a los que subían y los asustaba para impedirles subir.

Saturo subió el primero. Se había entregado a sí mismo a causa de nosotros después de nuestro arresto. Él era quien nos había convertido. Cuando habían venido a detenernos, él no estaba con nosotros.

Llegado a la punta de la escalera, se dio vuelta y me dijo: «Perpetua, te ayudaré. Mas ten cuidado que no te muerda ese dragón».

Contesté: «Por la virtud de Jesucristo, no me hará daño alguno».

Como si se asustara de mí, el dragón irguió lentamente la cabeza de debajo de la escalera. Me adelanté como para poner el pie en el primer peldaño y le aplasté la cabeza.

Luego subí. Y vi un inmenso jardín. En el medio se hallaba un hombre de elevada estatura, con canas, vestido como un pastor. Estaba sentado y ocupado en ordeñar ovejas. En torno a él, estaban personas con vestidos blancos. Eran millares. El hombre levantó la cabeza, me vio y me dijo: «Bienvenida seas, niña». Y me llamó y me dio un bocado del queso que hacía. Lo recibí juntas las manos y comí, mientras que todos los asistentes decían: «Amén». Al sonido de las voces, me desperté, saboreando aún no sé qué de dulce.

Narré al instante esta visión a mi hermano y que lo que nos esperaba era el martirio. Desde entonces, ya no tuvimos esperanza alguna en las cosas de esta tierra.

El padre ruega a su hija

Presto se difundió el rumor de que íbamos a comparecer. Mi padre llegó de prisa desde su villa de Tiburba, agobiado de dolor. Vino hasta mí para conmoverme.

«Hija mía −dijo− apiádate de mis canas. Apiádate de tu padre, si soy aún digno de que me llames padre. Si es cierto que estas manos son las que te han criado hasta la juventud, si entre todos mis hijos, eres tú mi preferida, no me entregues a la burla del mundo. Piensa en tus hermanos, en tu madre, en tu tía, piensa en tu hijo que no podrá vivir sin ti. Vuelve sobre tu decisión, no arruines a toda tu familia. Pues ninguno de nosotros tendrá aún el derecho de hablar como hombre libre, si eres condenada».

He allí lo que decía mi padre en su afecto. A un mismo tiempo, me besaba las manos, se echaba a mis pies y ya no me llamaba «hija mía», sino «señora». Y yo sufría al ver a mi padre en ese estado. Único de toda la familia, no había de alegrarse de mi pasión. Traté de consolarle, diciéndole: «En ese estrado del tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Sépalo. Ya no somos dueños de nosotros; pertenecemos a Dios». Entonces desconsolado me dejó.

Otro día, durante la comida de medio día, nos sacaron de repente de la mesa para conducirnos ante el juez. Llegamos al foro: la noticia de esto se difundió rápidamente en las barriadas vecinas. Se reunió pronto una muchedumbre. Subimos al estrado. Interrogaron a los demás que proclamaban su fe. Llegó mi turno. Y bruscamente apareció mi padre con mi hijo en sus brazos.

Me sacó de mi lugar y me suplicó: «¡Apiádate del niño! −dijo».

El procurador Hilariano, que reemplazaba al difunto procónsul Minucius Triminanus, y tenía el derecho de perdonar, me dijo: «Compadécete de las canas de tu padre y de la juventud de tu hijito. Sacrifica por la salvación de los emperadores».

Yo contesté: «No sacrifico».

Hilariano: «¿Tú eres cristiana? −dijo».

Le respondí: «Soy cristiana».

Mi padre permanecía a mi lado para conmoverme. Hilariano dio una orden: echaron a mi padre y le pegaron con una vara. Ese golpe que recibió mi padre me apenó como si me hubiesen golpeado, hasta tal punto sufría por ese padre ya anciano y muy desdichado.

Dictaron entonces sentencia: todos éramos condenados a las fieras. Y bajamos enteramente alegres hacia la cárcel.

Como mi hijo mamaba aún y estaba conmigo en la prisión, mandé al instante al diácono Pomponio a casa de mi padre a que reclamara a mi hijo. Mas mi padre se negó a dárselo. Desde entonces, por voluntad de Dios, el niño no pidió más de mamar y la leche ya no me incomodó. De ese modo cesaron las inquietudes acerca de mi hijo y de mis propios dolores.

Pocos días después estábamos todos en la cárcel cuando de repente hablé a pesar mío, y se me escapó este nombre:

«¡Dinócrata!» Me admiré de no haber pensado en él hasta entonces y me entristecí del todo al recordar su desdicha. Supe en ese momento que era digna de rogar por él y que era mi deber hacerlo. Me puse en oración y rogué mucho por él, gimiendo hacia el Señor.

Otras visiones de Perpetua

La noche siguiente tuve una visión. Dinócrata se me apareció. Salía de una región sombría en la que había mucha gente. Tenía mucho calor y se moría de sed. Estaba sucio, su tez era lívida y su rostro llevaba aún la llaga que tenía en el momento de morir. Ese Dinócrata era hermano mío según la carne. Tenía siete años de edad cuando falleció miserablemente de un cáncer en el rostro y su muerte había causado horror a todos. Era pues por él que yo había orado. En mi visión, había una gran distancia entre nosotros dos y no hubiésemos podido reunirnos. En el lugar donde estaba Dinócrata había una piscina llena de agua rodeada de un brocal más alto que la estatura de un niño. Dinócrata se alzaba en vano para beber en la piscina. Y yo me afligía al ver esa piscina llena de agua y ese brocal demasiado alto para que el niño pudiese beber en ella.

Me desperté y comprendí que mi hermano sufría. Mas confiaba poder ayudarle en sus sufrimientos. Me puse a orar por él todos los días hasta el momento en que nos trasladaron a la cárcel militar. En efecto debíamos combatir durante las fiestas militares celebradas para el aniversario del César Geta. Seguí orando noche y día por mi hermano y lloraba y gemía para obtener su perdón.

Un día en que estábamos allí, con grillos en los pies, tuve una nueva visión. Era nuevamente el mismo lugar que viera la primera vez. Dinócrata estaba aún allí, más sano esta vez, bien vestido y completamente alegre. En el sitio de la llaga, vi una cicatriz. Habían rebajado el brocal de la piscina y aquel alcanzaba a la cintura del niño y el niño sacaba el agua sin esfuerzo. En el brocal había una copa de oro llena de agua. Dinócrata se acercaba, bebía de esa copa y esa copa quedaba siempre llena. Cuando ya no tuvo sed, se puso a jugar con el agua como hacen los niños y se divertía mucho. Me desperté y comprendí que su castigo le era perdonado.

Algunos días después, Pudens, suboficial, guardián de la cárcel, se volvió muy bondadoso para con nosotros. Comprendía que la fuerza de Dios estaba en nosotros. Por eso dejó llegar hasta nosotros un sinnúmero de visitadores, lo que nos permitía animarnos los unos a los otros.

Sin embargo se aproximaba el día de los juegos. Mi padre vino a visitarme entonces. El pesar lo consumía, se arrancaba la barba, se tiraba al suelo, se prosternaba el rostro pegado al suelo. Maldecía sus años y hablaba palabras que hubiesen podido conmover a cualquiera. ¡Yo lloraba por las desdichas de la vejez!

CONTINUARÁ....


Fuente: "La Gesta de los Mártires". Pierre Hanozin, S.J. Editorial Éxodo. 1era Edición.
Próximo Viernes: SEGUNDA PARTE

PS.: Mantenho os grifos.

VIVA NOSSA SENHORA APARECIDA!

VIVA NOSSA SENHORA APARECIDA!


Ó Virgem Maria, abençoada sois Vós pelo Senhor Deus Altíssimo entre todas as mulheres da terra. Vós sois a glória de Jerusalém, Vós a alegria de Israel, Vós a honra do nosso povo.

Salve, ó Virgem, honra de nossa terra, a quem rendemos um culto de piedade e veneração, a quem rendemos um culto de piedade e veneração, a quem chamamos com o belo nome de Aparecida.

Quem poderá contar, ó doce Mãe, quantas graças, durante tantos anos, Vós dispensastes ao povo brasileiro compadecida de nossos males?

Quisemos cingir Vossa cabeça sagrada com uma coroa de ouro que Vos é devida por tantos títulos. Continuai a dobra-Vos benignamente às nossas preces.

Quando erguemos ao céu nossas mãos suplicantes, ouvi clemente os nossos rogos, ó Virgem; conservai nossas almas afastadas da culpa, e, por fim, conduzi-nos ao céu.

Salvação, honra e poder aquele que Uno e Trino, nos fulgores do Seu trono celeste, governa e rege todo o universo. Amém.

V. A Vossa Imaculada Conceição, ó Virgem Mãe de Deus.
R. Anunciou a alegria ao mundo todo.

Oremos - Deus, que, por intermédio da Mãe Imaculada de Vosso Filho, multiplicastes os dons de Vossa graça em favor de nós, Vossos servos concedei-nos propício que, celebrando na terra os louvores da mesma Virgem pelas Suas maternas preces mereçamos alcançar o prêmio eterno do céu. Pelo mesmo Nosso Senhor Jesus Cristo. Amém.

(Oração retirada do devocionário Venha a nós o Vosso Reino, Manual de Piedade para as alunas das Irmãs Missionárias zeladoras do Sagrado Coração de Jesus, ano 1959)

terça-feira, 11 de outubro de 2011

PENSAMENTO DO DIA 11/10/2011

PENSAMENTO DO DIA 11/10/2011


"Nosso Senhor não nos diz que nossa tristeza será substituída pela alegria, mas sim que se transformará em alegria; porque, efetivamente, contém os germens da verdade felicidade, assim como a nuvem encobre o raio luminoso, como o cálice da flor contém o perfume. Mas é preciso que a nuvem se rasgue para que jorre a luz; que o botão se rompa para que desabroche a flor. Da mesma forma, sobrevém a alegria à tristeza após as provações pelos sofrimentos e pela paciência. A árvore da cruz distila bálsamo que, com o tempo, troca em doçuras todas as amarguras."
(Migalhas Evangélicas pelo Padre Teodoro Ratisbonne)

segunda-feira, 10 de outubro de 2011

Prática da Simplicidade no Mundo

PRÁTICA DA SIMPLICIDADE NO MUNDO


A Simplicidade segundo o Evangelho
por
Monsenhor de Gibergues
Título original
LA SIMPLICITÉ D’APRÈS L’ÉVANGILE

 No mundo, a simplicidade é como a marca que distingue a verdadeira cristã

Certo, o espírito do mundo é um espírito de duplicidade e de mentira

Quanta mentira e duplicidade sob as aparências! Quanta vilania, quanta baixeza, quanta abjeção se ocultam nas atitudes polidas, corretas e elegantes! Cada qual se dissimula e ilude; usa a máscara, querendo parecer diferente do que é. 

Que eterna contradição entre as palavras e os sorrisos que afloram aos lábios e os sentimentos que vivem no coração! 

Lisonjeia-se por vaidade, incensa-se por interesse aqueles de quem se espera obter qualquer proveito, mas a quem, na verdade, se inveja, despreza e detesta.

Profanam-se as palavras sagradas: coração e amor. 

Com elas encobrem-se as mais perigosas liberdades, as mais desprezíveis vaidades, os mais abjetos prazeres! 

O mundo que Cristo condenou, quando disse "que está todo possuído pelo mal" e pelo qual "não podia rogar", é o antípoda da simplicidade. Aí se encontram todas as extravagâncias, defeitos e hipocrisias. 

Se quiséssemos fazer comparações opostas ao Evangelho, diríamos que algumas reuniões são estranhas assembléias de pavões, que andam à roda para serem admirados: - de papagaios, que ao acaso repetem, sem compreender, aquilo que ouviram; - de pegas, que, num irritante tagarelar, espalham palavras ásperas e más; - de abutres, que devoram a honra e a reputação do próximo; - de corvos, que se repastam de ignomínia; - de cotovias; versáteis e inconstantes; - de galinhas e patos, que, com algazarra, se extenuam e se arrastam na vulgaridade e na mediocridade; - enfim, de toda a espécie de aves, que simbolizam os vícios, as baixezas e os pecados. 

Dessas assembléias, só está ausente a pomba, a simplicidade do Evangelho. Se, porventura, aparece é porque está representada pela pessoa de uma verdadeira cristã. 

Também, quando a encontramos, como destoa do ambiente, como é repousante, como nos faz bem! 

Quem é simples é fundamentalmente sério e sensato, e, por isso, não fala sem refletir, nem fala demais. Não tagarela, não lisonjeia, não ofende, não engana, não se exibe. 

Mostra-se tal qual é e diz o que pensa. No fundo do coração, encontra sempre a benevolência e a caridade, porque vê o próximo em Deus e Deus no próximo. Nunca fala nem pensa mal de alguém. Não é indiferente nem insensível àquilo que interessa aos outros; muito pelo contrário, ama-os de todo o coração porque assim o manda Deus. 

Quem não é simples, quando ama ao próximo, é somente a si que procura. Quem é simples, no amor ao próximo, vê mais a este do que a si e mais a Deus do que ao próximo. Ama-o como Deus o ama, isto é, com o amor mais puro e mais perfeito.

Tem horror ao pecado: mas, como o divino Salvador, não desdenha nem despreza os pecadores. Embora indulgente e bondosa para com todos, evita sempre parecer encorajar e aprovar o mal e os que o praticam.

Como todos, está sujeita à tentação, mas não se deixa vencer por ela: dentro de si mesma, combate e reprime o que não deve transparecer. É simples, porque suas palavras revelam o seu coração.

Atenta em agradar a Deus, é inteiramente pura, quer em suas conversas ou atitudes, quer em sua maneira de trajar: sempre natural e verdadeira, tem os sentimentos sempre justos e caridosos, pois são os próprios sentimentos de Deus, o qual em todas as coisas lhe servem de modelo.

Enfim, sabe guardar segredos; é perfeitamente discreta, sem deixar de ser simples, pois a discrição não se opõe à verdade.

Assim, reserva e sinceramente, humildade e pureza, caridade e delicadeza, doçura e bondade, todas as virtudes que uma cristã deve praticar no mundo, florescem naturalmente na alma simples.

Por isso, inspira a todos absoluta confiança. Sentimo-nos atraídos e impelidos para ela. A simplicidade confere-lhe ascendência moral e autoridade de que se serve para fazer o bem.

Tanto tem a mulher mundana de provocante nas atitudes e no trajar, quanto a mulher simples tem de modéstia na pessoa e nas vestes.1 Deus parece refletir-se em sua fronte, seus olhos e suas maneiras.

Como contempla Deus, assim Deus a contempla e “faz brilhar sobre ela a luz da sua face”. É bela de uma beleza que não é deste mundo: a simplicidade é o seu único adorno.

Oh! a beleza deste mundo, deusa impiedosa e impura a quem as mulheres sacrificam tanto tempo, tanto dinheiro, tantas nobres qualidades, e, muitas vezes, até a alma e a eternidade ... , a simplicidade a destituirá de seu pedestal e fará com que a desprezeis como se fosse a escória do mundo e que dela fujais, receando-a tal como veneno perigoso e mortal. 

Se fordes simples,2 temereis a beleza do mundo como um perigo para vós, uma armadilha para os outros, um artifício e um embuste de Satanás, um instrumento de pecado e de perdição. Se fordes simples, apaixonar-vos-ei por outra beleza, perto da qual todas as belezas do mundo reunidas valem menos do que um fogo-fátuo comparado ao sol: a beleza superior que provém da virtude e que é a habitação de Deus na alma e seu reflexo no rosto; a beleza que é composta de humildade e doçura, de delicadeza e bondade, da modéstia e graça, de caridade e abnegação: a beleza que vos torna semelhantes ao Cristo, inspira respeito e confiança, afasta os maus pensamentos, atrai e encanta para elevar a Deus.

Notas:

1- “Quero que a minha devota seja a mais gentil e a mais preparada dentre as companheiras, contanto que o seja com simplicidade e bom gosto.” (São Francisco de Sales)

2- "É ridicularizada a simplicidade dos justos. Eis a sabedoria do mundo: dissimular o fundo do coração, esconder o pensamento nas palavras, mostrar como verdadeiro o que é falso e como falso o que é verdadeiro. Essa iníqua duplicidade é apreciada e com outro nome mascarada, pois chamam de urbanidade o que não passa de perversidade de espírito. Os escravos desse vício vêem-se obrigados a procurar as maiores honras, a buscar a alegria e a vaidade na glória temporal, a retribuir o mal com usura; e, quando são bastante fortes, a nada ceder aos outros; e, quando lhes falta força, a simular bondade pacifica para suprir a tudo que pela malícia não podem realizar. 

Ao contrário, eis a sabedoria dos justos (traduzi a simplicidade): nada aparentar que não seja verdade; falar de acordo com as próprias idéias, amar o que é verdadeiro, evitar o que é falso; fazer o bem gratuitamente, preferir suportar o mal a fazê-lo; não procurar vingança por injúrias recebidas; considerar um privilégio ser ultrajado por amor à verdade

Mas é ridicularizada essa simplicidade dos justos, pois os sábios do mundo consideram loucura a pureza de intenção. Tudo o que é feito com inocência parece-lhes manifesta insensatez; e toda obra aprovada pela verdade apresenta-se como fatuidade à sua sabedoria carnal. Que haverá de mais insensato aos olhos do mundo do que falar como se pensa, nada dissimular com hábeis maquinações, não retribuir a injúria, com injúria, orar por aqueles que nos amaldiçoam, procurar a pobreza, renunciar aos bens e não resistir àqueles que vos exploram, oferecer a outra face àqueles que nos batem?"
 (Livre des Morales, são Gregorio, Papa.) 

PS.: Grifos meus.       

domingo, 9 de outubro de 2011

Quem ama a Jesus Cristo ama a mansidão

Quem ama a Jesus Cristo ama a mansidão
(Santo Afonso Maria de Ligório –
A Prática do Amor a Jesus Cristo, Capítulo VI.)





"A caridade é benigna". O espírito de mansidão é próprio de Deus. "Meu espírito é mais doce do que o mel"1. A pessoa que ama a Deus, ama a todos os que são amados por Deus, isto é, todos os homens. Por isso procura sempre socorrer, consolar, contentar a todos na medida do possível. Eis o que diz São Francisco de Sales, mestre e modelo da mansidão: "A humilde mansidão é a virtude das virtudes que Deus tanto nos recomendou. É necessário praticá-la sempre e em toda parte". Dá-nos ainda a seguinte regra: "Quando vedes alguma coisa que se pode fazer com amor, fazei-o; o que não se pode fazer sem discussões, deixai-o2. Isso se refere ao que podemos deixar sem ofender a Deus, porque, quando existe ofensa a Deus, esta deve ser impedida sempre e depressa por aquele que é obrigado a impedi-la

A mansidão deve ser praticada especialmente com os pobres, os quais normalmente, por causa da sua pobreza, são tratados asperamente pelos homens. Deve-se ainda usar da mansidão particularmente com os doentes que se encontram aflitos e, as mais das vezes, recebem pouco cuidado dos outros. Devemos exercer a mansidão principalmente com os inimigos. É preciso “vencer o mal com o bem"3, isto é, o ódio com o amor, a perseguição com a mansidão. Assim fizeram os santos e por esse meio conseguiram o afeto de seus maiores inimigos. 

Diz São Francisco de Sales: "Não há nada que tanto edifique o próximo como a caridosa benignidade no trato"4. Ele tinha ordinariamente o sorriso nos lábios. “Sua aparência, suas palavras, suas maneiras respiravam mansidão5. São Vicente de Paulo afirmava jamais ter conhecido um homem mais manso, parecendo-lhe ver a imagem viva da bondade de Jesus Cristo. Mesmo quando sua consciência o obrigava a negar alguma coisa, o santo mostrava tanta benevolência com as pessoas, que elas iam embora contentes, embora não tivessem obtido o que desejavam6. Era manso para com todos, com os superiores e com seus iguais, com seus inferiores, com as pessoas de casa e de fora7. Era bem diferente dos que, segundo sua expressão, parecem anjos na rua e demônios em casa8. No trato com seus empregados, não se queixava nunca de suas faltas; advertia-os apenas e sempre com bondade9. Coisa muito louvável em todos os superiores!

O superior deve usar de toda mansidão com os seus súditos. Ao lhes impor alguma coisa, deve antes pedir que mandar. Dizia São Vicente de Paulo “Para os superiores, não há melhor meio de se fazer obedecer do que a mansidão"10. "Experimentei todos os meios de governar - dizia Santa Joana de Chantal - e não encontrei nenhum melhor do que o modo bondoso e paciente"11

A bondade e a mansidão

O superior deve mostrar-se benigno mesmo nas repreensões que tem a fazer. Uma coisa é repreender com energia e outra repreender com aspereza. É preciso, às vezes, repreender com energia, quando a falta é grave, principalmente em caso de repetição da falta e depois de a pessoa ter sido avisada. Mas evitemos repreender com aspereza e com raiva; quem repreende com raiva faz mais mal do que bem. Esse é o zelo errado que São Tiago reprova. Há quem se glorie de dominar assim sua família ou comunidade, e pensa que é assim que se deve governar. São Tiago não pensa assim: "Se tendes um zelo amargo, não vos glorieis12.

Se em algum caso raro houvesse necessidade de dizer uma palavra áspera para que alguém percebesse a gravidade de seu erro, é preciso temperar a dureza, terminando com alguma palavra mais mansa. É preciso curar as feridas, a exemplo do bom samaritano, com vinho e óleo. São Francisco de Sales dizia: “Assim como o óleo fica boiando quando despejado num copo de água, assim em todos nossos atos deve ficar por cima a bondade"13. Se a pessoa a ser repreendida está alterada, convém deixar a repreensão para outra hora e esperar que passe a raiva, caso contrário mais a irritaríamos. "Quando uma casa pega fogo não se deve jogar mais lenha na fogueira"14.

"Não sabeis de que espíritos sois". Foi esta a resposta que Jesus deu a Seus discípulos Tiago e João, quando eles queriam que fossem castigados os samaritanos, que os tinham expulsado da sua cidade: 

- Que espírito é esse? Não é o Meu! O Meu espírito é de bondade e mansidão; "não vim para perder, mas para salvar as pessoas"15 e estais querendo que Eu as perca? Calai-vos e não Me façais semelhantes pedidos, porque não é esse o Meu espírito!

De fato, com que mansidão tratou Jesus a mulher adúltera: 

- "Mulher, ninguém te condenou? Nem Eu te condenarei. Vai e não peques mais"16.

Contentou-Se apenas em admoestá-la a não mais pecar e a mandou em paz. Com quanta bondade procurou converter e converteu a samaritana. Começou pedindo-lhe água. Depois lhe disse: 

- "Se soubesses quem é que te pede de beber!" 

Em seguida revelou-lhe que era o Messias esperado. 

Com quanta bondade procurou converter o traidor Judas. Deixou que ele comesse com Ele no mesmo prato. Lavou-lhe os pés e o admoestou no momento da traição: 

- "Judas, é com um beijo que Me trais? Com um beijo trais o Filho do Homem?" 

Como é que mais tarde converteu Pedro, depois de ter sido renegado por ele? "O Senhor voltou-Se e olhou para Pedro17. Ao sair da casa do pontífice, sem censurar o seu pecado, lançou sobre ele um olhar de ternura e o converteu. E converteu de tal forma que Pedro durante toda a vida não deixou de chorar a grave ofensa que fizera ao seu Mestre. 

A força da mansidão

É certo, ganha-se mais sendo manso do que severo. Dizia São Francisco de Sales que não há nada mais amargo que a noz; mas quando bem preparada, torna-se doce e agradável. O mesmo se dá com as repreensões; embora sejam em si desagradáveis, contudo quando feitas com amor e bondade, são bem aceitas e produzem maior proveito18

São Vicente de Paulo dizia que, no governo de seu instituto, fizera apenas três repreensões severas, acreditando ter boas razões para agir assim. Mas depois sempre se arrependeu porque nenhuma surtira efeito, ao passo que as correções feitas com mansidão sempre tiveram bom resultado19

São Francisco de Sales, por sua mansidão, alcançava dos outros tudo o que desejava. Assim conseguiu levar para Deus os pecadores mais endurecidos20. A mesma coisa fazia São Vicente de Paulo que ensinava a seus missionários esta regra: "A afabilidade, o amor e a humildade têm uma força maravilhosa para ganhar os corações dos homens, e levá-los a abraçar as coisas mais desagradáveis à natureza humana"21. Uma vez mandou um grande pecador a um de seus padres para que o convertesse. Mas o missionário, vendo inúteis todos seus esforços, pediu ao santo que lhe dissesse alguma coisa. Ele o fez e o pecador se converteu. Este declarou depois que a singular bondade e extrema caridade do santo lhe ganharam o coração. Por isso o santo não admitia que seus missionários tratassem os seus penitentes com dureza, e lhes dizia que o espírito infernal se serve do rigor de alguns para causar maior dano às almas22.

É preciso praticar a benignidade com todos, em todas as circunstâncias e em todo o tempo. Adverte São Bernardo que alguns são mansos enquanto as coisas correm de acordo com sua vontade. Mas quando atingidos por alguma contrariedade ou dificuldade, logo se inflamam, e começam a fumegar como um vulcão23. Pode-se chamá-los muito bem de carvões acesos escondidos debaixo de cinzas. Quem quer ser santo, deve ser nesta vida como o lírio entre espinhos. Embora nasça entre eles, não deixa de ser lírio, isto é, sempre igualmente suave e benigno! Quem ama a Deus conserva sempre a paz no coração e a deixa transparecer no rosto, apresentando-se sempre o mesmo, tanto nas dificuldades como na prosperidade: “As várias solicitações das criaturas não o perturbam na incessante luta da vida. Seu coração é como um santuário onde vive sempre em paz, unido a Deus"24

Ser manso...

Conhecemos o espírito de uma pessoa nas horas difíceis. São Francisco de Sales amava com ternura a Ordem da Visitação que lhe custara tantos trabalhos. Muitas vezes, por causa das perseguições que sofria, viu-a em perigo. Conservou, porém, sempre a mesma paz, contente até mesmo em vê-la destruída, se essa fosse a vontade de Deus. Foi então que ele disse estas palavras: "De algum tempo para cá, as numerosas oposições e contradições que me têm acontecido me dão uma paz incomparável e muito suave. São sinais da união próxima de minha alma com Deus, e sinceramente, essa é a única ambição de meu coração"25

Quando nos acontece ter que responder a quem nos maltrata, tenhamos cuidado em responder sempre com mansidão. "Uma resposta branda aplaca o furor"26. Uma resposta suave basta para apagar todo o fogo da raiva. Se nos sentimos aborrecidos, é melhor calar, porque nesse momento nos parece justo dizer o que nos vem na cabeça, mas depois, acalmada a paixão, veremos que todas as palavras que proferimos foram erradas. 

Quando nos acontece cometer alguma falta, é preciso que usemos de mansidão para conosco mesmos; irritar-se contra nós mesmos, após uma falta, não é humildade, mas refinada soberba, como se nós não fôssemos fracas e miseráveis criaturas. Dizia Santa Teresa: “A humildade de que inquieta nunca vem de Deus, mas do demônio27.

Zangar-se contra nós mesmos, após uma falta, é uma falta maior do que a cometida, e trará consigo muitas outras, pois nos fará deixar as práticas de piedade, a oração, a comunhão; e, se as fazemos, serão mal feitas. Dizia São Luís Gonzaga que não se enxerga na água turva e nela pesca o demônio28. Uma alma perturbada pouco conhece a Deus e aquilo que deve fazer. É preciso, portanto, quando caímos em alguma falta, voltarmo-nos para Deus com humildade e confiança e, pedindo-Lhe perdão, dizer, como Santa Catarina de Gênova: 

- Senhor, estas são as ervas do meu jardim!29. Amo-Vos de todo o coração e me arrependo de Vos ter dado esse desgosto. Não quero mais fazê-lo, dai-me o Vosso auxílio.  

ORAÇÃO


 Felizes correntes, que ligais o homem a Deus, atai-me também e uni-me a Deus de maneira que não possa mais me separar de Seu amor, Meu Jesus, eu Vos amo; sim, eu Vos amo, tesouro e vida de minha alma e a Vós me prendo e entrego todo meu ser, Não quero deixar, meu amado Senhor, de Vos amar. Para apagar os meus pecados, consentistes em ser preso como um criminoso e assim ser conduzido à morte pelas ruas de Jerusalém; quisestes ser pregado na cruz e de lá descer só depois de nela deixar a vida. Pelos méritos de tantos sofrimentos, não permitais que eu me separe de Vós. 

Arrependo-me de todo coração de ter me afastado de Vós; com Vossa graça estou resolvido a antes morrer do que Vos tornar a ofender. 

Meu Jesus, em Vós me abandono, amo-Vos de todo o coração, amo-Vos mais do que a mim mesmo. Na vida passada eu Vos ofendi, mas agora eu me arrependo e quisera morrer de arrependimento. Eu Vos peço, atraí-me todo a Vós; renuncio a todas as consolações sensíveis, quero só a Vós e nada mais. Farei que Vos ame, farei de mim o que mais Vos agradar. 

Maria, minha esperança, uni-me a Jesus e fazei que eu passe minha vida unido a Ele, e unido com Ele morra, para assim chegar um dia no céu, onde já não existirá o medo de me ver separado do Seu santo amor! 

Notas:

  1. Eclo 24,27
  2. S. Francisco de Sales, Lettre 1539, Julho-outubro 1619, à Madame de Villesavin, Oeuvres, XVIII, 417; Lettre 1254, 10 de novembro 1616, à Madame Grillet de Monthoux. Oeuvres, XVII, 305, 306.
  3. Rm 12,21
  4. S. Francisco de Sales, Lettre 1223, à Mère de Bréchard. 22 de julho 1616, Oeuvres, XVII, 260
  5. Sta. Joana de Chantal, Déposition pour la beátification et canonisation de S. François, a. 32. (Procès d’Annecy, 1627). Vie et Oeuvres, XVII, 260
  6. Abelly, Vie, 1.3, c.12
  7. Sta. Joana de Chantal, Déposition pour la beátification et canonisation de S. François, a. 27. Vie et Oeuvres de la Sainte, III, 130
  8. S. Francisco de Sales, Introduction à la vie dévote, p.3, c. 8 
  9. Camus (Ed. Abrégée Collet), p.5, c.10
  10. S. Vicente de Paulo, cfr. Abelly, Vie, 1.3, c. 24, s. 1
  11. Mére de Chaugy, Mémoires sur la vie et lês vertus de S. Jeanne de Chantal, p. 3, c. 19. Vie et Oeuvres de la Saint, 1, p. 466
  12. Tg 3,14
  13. S. Francisco de Sales, Introduction à la vie devote, partie 3, c.8
  14. Surio, De probatis sanctorum historiis, 10 outubro, Vita S. Joannis (prior do monastério de Bridlington) 
  15. Lc 9, 55-56 
  16. Jo 8, 10-11 
  17. Lc 22,48-61
  18. Camus, Esprit de S. François de Sales (Ed. Abrégée Collet), partie 1, c.3. Lettre 2090 (Fragments), c, à la Mère de Chantal, 1615-1617. Oeuvres, XXI, 176
  19. Abelly, Vie, livre 3, c.12
  20. Camus, Esprit de S. François de Sales: partie 3, c. 11 e 21, partie 10, c.2, 4,5; partie 14, c.13
  21. Abelly, Vie, livre 3, c.12
  22. Acami, dell’Oratorio di Roma, Vita, Roma, 1677, I. 1, c.11
  23. S. Bernardo, De adventu Domini, sermo 4, nº 5. ML 183-49
  24. Petrucci Matteo, bispo de Jesi (1681), cardeal (1686). – Poesie sacre, morali e spirituali (Iesi, 1685), p.143
  25. S. Francisco de Sales, Oeuvres, XIV, 177, 178
  26. Pr 15,1
  27. Sta. Teresa, Livro de la Vida, c.30
  28. S. Luís Gonzaga: Vita (Cepari), 2ª parte, c. 7; c.8
  29. Sta. Catarina de Gênova, Vita (Marabotto e Vernazza, c.16)
PS.: Grifos meus.

sábado, 8 de outubro de 2011

PENSAMENTOS DO DIA 08/10/2011

PENSAMENTOS DO DIA 08/10/2011



"A inveja, amargo fruto do amor próprio, é o vício capital em oposição à caridade evangélica. Esta se dedica totalmente ao próximo, enquanto a inveja concentra tudo em si. A caridade é um sentimento expansivo, que se regozija com  a felicidade alheia; a inveja, pelo contrário, é uma paixão que retrai o coração e o empedernece. Pela caridade, permanecemos em Deus, e Deus em nós; pela inveja, afastamo-nos de Deus e isolamo-nos de nossos irmãos. Para triunfarmos das tentações da inveja, devemos ser generosamente abnegados. A humildade unida à oração assídua é que alcança essa vitória, porque atrai o espírito de Deus. Vencerão o mal pelo bem e crescerão para o céu, aqueles 
que preferirem os últimos lugares na terra."
(Migalhas Evangélicas pelo Padre Teodoro Ratisbonne) 

LA GESTA DE LOS MÁRTIRES VII

Nota do blogue: Estou divulgando esta série bem interessante publicada no blogue ¡Ven, Señor Jesús! Aos que quiserem acompanhá-la criei um marcador só para ela.

Saudações,
A grande guerra

LA GESTA DE LOS MÁRTIRES VII

Hacia el año 185, en Roma

UN SABIO
APOLONIO


En esta «Acta», hemos suprimido el exordio que era apócrifo, y restablecido el verdadero nombre del mártir, el lugar y género del suplicio. En cuanto a estos pasajes, dejamos pues a un lado la versión griega, y seguimos la versión armenia.

Los diálogos apologéticos que se leerán en esta «Acta» no deben ser tachados de inverosimilitud, a pesar de la escasez de semejantes discursos en las narraciones análogas. Se atienen a los temas habituales de la polémica religiosa de aquella época, y el uso de la taquigrafía explica su conservación. No se halla por otra parte en ellos grandilocuencia alguna, sino una clara y muy personal exposición de doctrina, sin falsa exaltación. Esa firmeza de respuesta y esa sobriedad de pensamiento llegan a veces a la gran elocuencia.

***

Cuando Apolonio compareció, el procónsul Perennis le preguntó: «Apolonio, ¿sois vos cristiano?».

APOLONIO.—Sí, soy cristiano. Por eso honro y temo a Dios que ha hecho el cielo, la tierra, el mar y todo cuanto contienen.

EL PROCÓNSUL PERENNIS.—Cambiad de opinión, Apolonio, creedme y jurad por la fortuna de nuestro amo, el emperador Cómodo.

APOLONIO.—Escuchadme, Perennis. Mi defensa será sincera y conforme a las leyes. El que cambia de idea para no observar más los justos, saludables y admirables mandamientos de Dios, es culpable, criminal y verdaderamente impío. Mas aquel que cambia de idea para renunciar a la injusticia, al desorden, a la idolatría y a los propósitos perversos, que huye aún de la sombra del pecado, que vuelve para siempre las espaldas a esas miserias, aquél es justo.

El Verbo de Dios, que conoce todos los pensamientos de los hombres nos enseñó esos hermosos y magníficos mandamientos. Ahora bien, Él nos ha mandado no jurar jamás, sino ser sinceros en todas las cosas. Pues la verdad afirmada con un sí, es un gran juramento. He allí por qué es malo que un cristiano jure. De la mentira nació la desconfianza, y de la desconfianza ha nacido el juramento. ¿Queréis sin embargo oírme jurar que honramos al emperador y que oramos por su poder? De buena gana confirmaría esta verdad apelando al testimonio del verdadero Dios, Él que existía antes que los siglos, que no han fabricado manos de hombres, que quiso que en la tierra un hombre mandara a los demás hombres.

EL PROCÓNSUL PERENNIS.—Haced lo que os digo, Apolonio. Cambiad de opinión. Sacrificad a los dioses y a la imagen del emperador Cómodo.

APOLONIO (se sonrió y replicó).—Me he defendido acerca de dos puntos: el cambio de opinión y el juramento. Escuchad ahora, Perennis, lo que tengo que decir referente al sacrificio. Todos los cristianos, y yo junto con ellos, ofrecemos un sacrificio incruento y sin mancha al Dios Todopoderoso, al dueño del cielo, de la tierra y de toda vida. Es el sacrificio de la oración. Y lo ofrecemos en particular por esos hombres dotados de inteligencia y de razón, hechos a imagen de Dios, y que la divina Providencia ha elegido para gobernar el mundo. Por eso, por obediencia a las órdenes de Dios, oramos al Dios del cielo por el emperador Cómodo que reina en este mundo. Pues, estamos bien seguros de ello, y acabo de explicároslo, si el emperador reina sobre el mundo no es a causa de otro hombre, sino debido a la única voluntad del Dios invencible cuyo poder abarca el universo.

EL PROCÓNSUL.—Apolonio, os doy un día de plazo para reflexionar. Es para vos cuestión de vida o de muerte.

Tres días después, nuevo interrogatorio. Era en medio de una muchedumbre de senadores, de miembros del concejo y de filósofos célebres. El procónsul llamó al acusado y dijo: «Que se lean de nuevo las actas de Apolonio».

Luego que las leyeron, PERENNIS (preguntó).—¿Qué habéis decidido, Apolonio?

APOLONIO.—Seguir siendo fiel a Dios, como lo habíais previsto y consignado en autos.

EL PROCÓNSUL.—Cambiad de opinión, creedme. El decreto del senado es formal. Rendid homenaje a los dioses, adoradles como lo hacemos todos y vivid con nosotros.

APOLONIO.—Conozco el decreto del senado, Perennis, soy adorador de Dios, y no puedo venerar ídolos hechos con mano de hombre. Por eso jamás adoraré oro, ni plata, ni bronce, ni pretendidas divinidades de madera o de piedra incapaces de ver o de oír, trabajos hechos por obreros, plateros o torneadores, cinceladuras salidas de manos de hombres y que no tienen vida. Mas el Dios que está en el cielo, he allí mi Dios. A Él sólo adoro, Él que ha puesto en todos los hombres un alma viviente y que, cada día, les derrama la vida. No hay peligro, Perennis, que yo vaya a envilecerme ahora y a precipitarme más abajo de vuestras miserias; pues vergüenza es adorar a lo que es igual al hombre, mucho más, a lo que es peor que los demonios.

Pues pecan, los desdichados hombres, cuando adoran el reino de la materia, un bloque de piedra fría, un trozo de madera agostada, un metal pulido o huesos sin vida. ¡Qué locura en ese error!
El mismo extravío ocurre entre los egipcios que adoran –entre muchas suciedades− ¡una cubeta o, como se dice vulgarmente, un pediluvio! ¡Qué locura en esa falta de educación! Son también los atenienses, que aún en nuestros días, veneran una cabeza de buey hecha de bronce a la que llaman la fortuna de Atenas. Ya ni siquiera pueden orar más a sus propios dioses.

Todas esas miserias no pueden hacer sino mal a las almas que creen en ellas. ¿Por ventura, valen más ídolos que algo de arcilla cocida o que una vasija de barro rota? Y oran a estatuas de dioses que ni siquiera son como nosotros y que no pueden oír nada, implorar nada, conceder nada. Su apariencia no es sino una mentira. Tienen oídos y no oyen, ojos tienen y no ven, manos tienen y no las tienden, pies tienen y no caminan. Pues la apariencia de un ser no es el ser mismo. ¡Y Sócrates debía burlarse de los atenienses cuando juraba por el plátano, un árbol de los campos!

En segundo lugar, los hombres pecan aún cuando adoran vegetales. El dios de los Pelusianos es la cebolla y el ajo, ¡todas ellas cosas que pasan en el cuerpo y son arrojadas a la cloaca!

En tercer lugar, los hombres pecan aún contra el cielo, cuando adoran animales, el pescado y la paloma o como en el país de los egipcios, el perro y el mono, el cocodrilo y el buey, el áspide y el lobo, figuras de sus propias costumbres.

En cuarto lugar, los hombres pecan contra el cielo, cuando adoran seres dotados de la palabra, hombres, o más bien demonios por su maldad. Llaman dioses a hombres de antaño. Testigos, sus propias leyendas: Dionisio despedazado, Hércules quemado vivo y Leo sepultados en Creta. Eso es lo que ellos narran y explican los nombres de los dioses según significado de las leyendas, hasta tal punto que los mismos nombres de sus divinidades se fundan en fábulas.

Entonces ¡rechazo toda esa impiedad!

PERENNIS.—Apolonio, el decreto del senado prohíbe ser cristiano.

APOLONIO.—Mas el decreto de Dios no puede someterse ante el decreto de los hombres. Matad pues despreciando la justicia y las leyes a los que tienen fe en Dios y nada malo han hecho; y cuantos más matéis entre ellos, tanto más Dios aumentará su número. Quiero que lo sepáis, Perennis: de igualmodo, para todo hombre, reyes, senadores o poderosos del mundo, ricos o pobres, hombres libres o esclavos, grandes o pequeños, doctos e ignorantes, para todos, Dios ha decretado la muerte y, después de la muerte, el juicio.

Mas el modo de morir no es igual para todos. Así, en nuestras filas, los discípulos de Cristo mueren cada día al placer; mortifican sus pasiones con la templanza y quieren vivir según los preceptos divinos. Y debéis creerme, Perennis, no miento. En nuestra vida, no hay vestigio de goce desenfrenado; desviamos la mirada cuando la solicita un espectáculo vergonzoso y rehusamos oír las palabras tentadoras. Pues queremos guardar nuestra alma intacta. Practicando semejante regla de vida, ya no creemos sea doloroso morir por el verdadero Dios que nos ha hecho lo que somos. He ahí por qué arrostramos todos los suplicios con el fin de no morir de la muerte eterna.

En la vida como en la muerte, pertenecemos al Señor. La fiebre o la disentería pueden matarnos a cada instante. ¡Matadme, para mí será como si muriese de una de estas enfermedades!

PERENNIS.—¿Con esas ideas, debéis amar la muerte, Apolonio?

APOLONIO.—Amo la vida, Perennis, mas el amor para con ella no me hace temer la muerte. Pues nada mejor que la vida, la vida eterna, la vida que se vuelve inmortalidad para el alma cuyos días aquí en la tierra fueron buenos.

PERENNIS.—Ya no entiendo nada de ello e ignoro todo cuanto me decís acerca de vuestra religión.

APOLONIO.—¿Cómo podrían reunirse otra vez nuestras almas, Perennis? Desconocéis las maravillas de la gracia. Pues la verdad del Señor llega solamente al alma vidente, así como la luz a los ojos sanos. Vana es la palabra para con los que no pueden comprender, vana la luz para con los ciegos. Se interpuso entonces un filósofo cínico: «Apolonio, guardad para vos vuestras injurias −dijo−. Estáis desvariando, aunque sin duda os creéis instruido».

APOLONIO.—He aprendido la oración y no la injuria. Y a pesar de los vanos y largos discursos que podríais pronunciarnos, vuestro reproche manifiesta bien la obcecación de vuestra alma. Pues la verdad parece una injuria a los que no pueden comprenderla.

PERENNIS.—Sabemos, nosotros también, que el Verbo de Dios ha engendrado los cuerpos y las almas de los justos, ese Verbo que ha hablado y enseñado del modo que le placía a Dios.

APOLONIO.—Ese Verbo, es nuestro Salvador, Jesucristo que se ha hecho hombre en Judea. Era justo en todas las cosas y lleno de la sabiduría divina. Por amor hacia los hombres, nos ha hecho conocer al Dios soberano y que ideal de virtud convenía a nuestras almas para que vivieran santamente. Con sus sufrimientos ha quebrantado la enfermedad del pecado. Nos ha enseñado a dominar nuestras pasiones, a moderar nuestros deseos, a disciplinar nuestras alegrías, a abreviar nuestros pesares. Su doctrina era el amor del prójimo, la caridad siempre creciente, el desapego de las vanidades y el perdón de las injurias. Por respeto a la justicia, nos ha pedido despreciáramos la muerte, no porque seamos culpables sino porque de ese modo soportamos la injusticia de los culpables. Nos ha dicho aún obedezcamos a su ley, respetemos al emperador, honremos a Dios, el único y el inmortal, creamos en la inmortalidad del alma, aguardemos el juicio después de la muerte, y esperemos la recompensa de los trabajos de la virtud, después de la resurrección prometida por Dios a aquellos cuya vida fue santa. He allí las enseñanzas terminantes de Cristo que ha apoyado en numerosas pruebas. Él mismo adquirió gran fama de virtud, mas fue odiado de aquellos que no lo comprendieron, como habían sido odiados antaño los justos y los filósofos. Pues los justos molestan a los malos. Es así como los insensatos, según la Escritura, claman en su injusticia: «Encarcelad al justo, pues él nos importuna». Y lo mismo entre los griegos, se cita estas palabras de un filósofo: «El justo será azotado, torturado, arrojado a la cárcel. Le quemarán los ojos y, después de todas esas penas, será empalado». Engañando al pueblo, los delatores en Atenas ya habían hecho condenar injustamente a Sócrates. De ese modo algunos malvados han hecho condenar a nuestro maestro y Salvador, después de haberle detenido.

Tal fue de igual modo la suerte de los profetas que habían predicho muchas maravillas acerca de ese hombre: «alguien, debe venir −decían− que será justo y virtuoso en todo, que derramará sus beneficios sobre todos los hombres, les enseñará la virtud y les convencerá que honren al Dios del universo». A Él se dirigen entonces nuestras fervientes adoraciones. Pues hemos aprendido a andar según su ley santa que ignorábamos hasta entonces, y no nos hemos extraviado.

Supongamos aún sea un error, como decís, creer en la inmortalidad del alma, en el juicio después de la muerte, en la recompensa en la resurrección y en el juicio de Dios. Abrazaríamos de buena gana ese error, que nos ha enseñado a vivir bien y nos sostiene con la esperanza, a pesar de los males presentes.

PERENNIS.—Creía, Apolonio, que en lo sucesivo renunciaríais a esas ideas, y esperaba veros honrar a los dioses junto con nosotros.

APOLONIO.—Y yo esperaba que esos juicios acerca de mi religión os ayudarían, que mi defensa abriría los ojos de vuestra alma y que vuestra mente daría frutos. Creía induciros a adorar al Dios creador de todas las cosas y pensaba que, cada día, haríais subir hacia Él vuestras oraciones y el sacrificio incruento de la limosna y de la caridad, que es puro a sus ojos.

PERENNIS.—Quisiera libertaros, Apolonio. Mas la orden del emperador me lo impide. Por lo menos seré humano en la aplicación de la pena.

Y lo condenó a ser decapitado.

APOLONIO.—Perennis, por vuestra sentencia que me trae la salvación, doy gracias a mi Dios junto con todos los que han confesado al Dios Todopoderoso y a su hijo único Jesucristo y al Espíritu Santo.


Fuente: Pierre Hanozin, S.J "La Gesta de los Mártires". Editorial Éxodo. 1era Edición.
Próximo Martes: El Martirio de Perpetua y Felícita

PS.: Mantenho os grifos.

sexta-feira, 7 de outubro de 2011

VIVA NOSSA SENHORA DO ROSÁRIO!

VIVA NOSSA SENHORA DO ROSÁRIO!


AGONIA

AGONIA

"O amor e a morte estão tão misturados na Paixão do Salvador,
que se não pode ter no coração um sem o outro."
(São Francisco de Sales)

Agonia é a luta suprema entre a vida e a morte; é a dor violenta de uma alma, ao sentir que se lhe partem, um por um, de modo irrevogável, definitivo, os doces laços que a traziam vinculada aos destinos do corpo. Agonia são também as angústias morais que, parece, nos avizinham do aniquilamento derradeiro. Física ou moral, ela tem sempre uma significação aterradora, porque resume a maior soma de sofrimentos de que é capaz a natureza humana.

Por isso, sentindo Jesus a torrente de iniqüidades que se Lhe despenhavam sobre o coração - torrentes iniquitatis conturbaverunt me - pálido, fremente, amesquinhado, lamenta-Se como buscando algum alívio no coração dos Seus discípulos. - Eu me sinto morrer de tristeza. Se, pois, me tendes amor, permanecei aqui e velai Comigo por uns poucos momentos. Tristis est anima mea, usque ad mortem. Sustinete hic et vigilate mecum

Era o tédio, que torna a vida insuportável. Era o pavor, que abala o coração, até os fundamentos, à perspectiva dos martírios que O ameaçam. Era a tristeza, que tudo reveste de sombras funerárias. Era o abatimento, que são os pródromos da morte que se avizinha, inexorável, lentamente sem compaixão e sem piedade. Coepit taedere, et povere, et contristari et maestus esse

Tal era o estado de alma de Jesus, no Jardim das Oliveiras, situação angustiosa que o Salmista mais havia descrito historicamente do que profetizado. Cor meum conturbatum est; formido mortis cedidit super me; timor et tremor venerunt super me et contexerunt me tenebrae.

Mas, se Jesus era Senhor da morte; se a morte não podia aproximar-se dEle senão tremendo, e no momento preciso em que Lhe aprouvesse chamá-la; se a cruz se Lhe desenhava, nitidamente, em todo o horizonte da vida, como um batismo ansiosamente desejado - Baptismo autem habeo baptizari et quomodo coarctor usquedum perficiatur, por que treme Jesus à perspectiva do Calvário? 

Porque o medo da morte não é um prejuízo vão; porque o medo da morte é natural ao homem e tem a Deus por autor. Mortem horret non opinio, sed natura - explica S. Agostinho - e Jesus, o Filho Unigênito de Deus, queria deixar-nos patente que era como um de nós, que tinha a nossa mesma natureza humana, e, porque era homem como nós, sentia compaixão bastante para morrer e sacrificar-Se por nós. Debuit per omnia fratribus similari, ut misericors fieret

Oh, tristezas de Jesus! Oh, angústias indizíveis do Salvador! Quão bem me fazeis compreender o valor da penitência e da mortificação cristã, do silêncio da oração e das lágrimas do infortúnio, das tristezas da solidão e dos sofrimentos da pobreza, - penitências, lágrimas, infortúnios, sustos de consciência, heroísmos de humildade que, pelas angústias de Jesus, se hão de transformar em eternas alegrias, alegrias inauferíveis e para todo o sempre duradouras. Tristitia vestra convertetur in gaudium, et gaudium vestrum nemo tollet a vobis. 

No entretanto, os discipulos dormiam.

- Assim é que não pudestes velar comigo alguns instantes? Sic non potuistis una hora vigilare mecum? Vigilate et orate ut non intretis in tentationem

A maior miséria do homem não é, certamente, o ser fraco, senão o reputar-se forte; é o orgulho, a presunção com que se fia de si mesmo, sem embargo da fraqueza que lhe é natural. 

Não fosse o homem esse poço de orgulho em que se não sabe se maior é o ridículo que lamentável a inconsciência, e não teria a Igreja de chorar tantos filhos que amamentou com seus carinhos maternais e com o leite da sua doutrina. Fortes, intangíveis na abundância imaginária de suas forças, na experiência acumuladas em anos de fáceis vitórias, nos recursos falhos de uma ciência que, iluminando incompletamente, não chega a mover e a decidir a vontade - eles que, na sua presunção, julgavam tocar a cabeça nas nuvens, ei-las, de chofre, precipitadas até às portas da condenação. Ego dixi in abundantia mea: non movebor in aeternum ... Et vita mea inferno appropinquavit. 

Recorrer às luzes da oração, valer-se da força dos Sacramentos, apoiar-se nas leis de Deus e da Igreja, para que se não desviem no cumprimento do dever, - seria a barreira oposta pelo Cristo às invasões da tentação e do pecado. Mas eles dormem, dormem inconscientes do perigo que os ameaça

Vigiai e orai, para que não entreis em tentação. E notai, com S. Cirilo, a beleza desta expressão do Salvador: - para que não entreis em tentação

A tentação que entra em nós, é a tentação que nos assalta, sem embargo da nossa vigilância. Não é um pecado, mas triste condição da miserável natureza humana. 

O homem, pelo contrário, que entra na tentação, é o homem que acolhe, que aprova, que aceita a tentação. É o homem que voluntariamente sucumbe e, conscientemente, se arroja nos braços do pecado. 

Vigiai e orai, porque a carne é sempre fraca, bem que o espírito se disponha as mais heróicas resistências. Spiritus quidem promptus est;caro autem infirma.

(No Calvário por Dom Duarte Leopoldo E Silva, segunda edição, 1937)

PS.: Grifos meus. 

Solenidade do Rosário de Nossa Senhora (7 de Outubro)

Solenidade do Rosário de Nossa Senhora
7 de Outubro


Quem é esta, formosa com uma pomba 
e como a roseira plantada à beira da água?

Era costume entre os nobres da Idade Média (e outrora o foi também entre os romanos) usar coroas de flores a que chamavam capelas. Estas coroas ofereciam-se às pessoas de distinção, a título de estima e dependência, Senhora do Céu e da terra, a Virgem SS. Tinha, mais que ninguém, direito a estas homenagens. Por isso a S. Igreja nos exorta a que Lhe ofereçamos, como Filha do Pai, Mãe do Filho e Esposa do Espírito Santo, uma tríplice capela de rosas de que nos mostra a incomparável beleza do Ofício de hoje a que deu o nome de Rosário. A oração recorda-nos que o Rosário, sendo uma oração vocal, é simultaneamente mental pela meditação dos mistérios da vida do Salvador tão intimamente ligados com a vida da Senhora.

E o Evangelho ensina-nos que a fórmula principal da Ave-Maria é constituída pelas mesmas palavras de que o Anjo se serviu para saudar a Virgem Santíssima (a saudação angélica). Para recordar e agradecer a Deus a vitória de Lepanto, alcançada pelas armas  cristãs sobre os turcos no dia 07 de Outubro de 1571, vitória que se deve à recitação do Rosário e em que o Islão foi completamente esmagado, para recordar este fato miraculoso instituiu a S. Igreja a festa de hoje. Prescrita primeiramente por Gregório XIII para certas igrejas, foi estendida por Clemente XI ao mundo católico, em ação de graças por um novo triunfo alcançado por Carlos VI da Hungria sobre os Turcos em 1716. Leão XIII, perante as dolorosas provas que a Igreja atravessava ao seu tempo, elevou-a a duples de II ª classe com Missa e Ofício novo.  


(Missal Quotidiano e vesperal por Dom Gaspar Lefebvre, ano de 1952)


Ver outros posts que tratam do Rosário: