terça-feira, 8 de dezembro de 2009

LA INMACULADA CONCEPCIÓN


LA INMACULADA CONCEPCIÓN

El Papa Pío IX, en 1854, definía con estas palabras el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María:

Por lo cual, después de ofrecer sin interrupción a Dios Padre, por medio de su Hijo, con humildad y penitencia, nuestras privadas oraciones y las públicas de la Iglesia, para que se dignase dirigir y afianzar nuestra mente con la virtud del Espíritu Santo, implorando el auxilio de toda corte celestial, e invocando con gemidos el Espíritu paráclito, e inspirándonoslo él mismo, para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra:

Declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, qué debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano”.

Contemplemos esta Bellísima Doncella, aplastando con su débil pie de niña la garganta del horrible monstruo…

¿Es realidad o símbolo?
¿Es verdadera historia o simplemente figura?
¿Es una persona o una personificación?
¿Es una mujer concreta, considerada en ella misma, o es la atribución a un ser abstracto?

Todo esto es, y pertenece al inefable misterio de la Inmaculada Concepción: realidad y símbolo, verdadera historia y figura, persona y personificación, mujer concreta y atribución…
Es realidad. Es María, hija de Eva, elegida por Dios Padre para servir de Madre a su Unigénito Encarnado.

De esta manera comienza en María la victoria de Cristo sobre el infernal enemigo. Así tienen aplicación exactísima las proféticas palabras del Paraíso terrenal dirigidas allí por Dios Padre a la serpiente tentadora: Ipsa conteret caput tuum.

Según esta idea, es realísima realidad la Mujer a la cual llamamos Inmaculada Concepción.

Mas, sin dejar de serlo, es, bajo otro punto de vista, símbolo muy consolador, como aquella misma realidad.
Descendencia de esta Mujer preservada somos nosotros cuando por medio del Bautismo entroncamos sobrenaturalmente con su Hijo.

La universal familia de los que creen, esperan y obran en Cristo y según Cristo, es la descendencia propia de la Mujer.

Somos nosotros los que por la gracia de Cristo Dios luchamos y vencemos en Ella; por Ella, nuestro pie, débil, es el que definitivamente ha de asentarse pujante y glorioso un día sobre la cerviz del dragón embravecido. Así la raza de Eva, desde que por Cristo pasa a ser raza de María está destinada a ser como Ella perpetuamente vencedora.

Pero ¿vencedora de quién? De la serpiente del paraíso terrenal, no solamente personificada, sino realmente viviente y encarnada en todos los que el odio á Dios y á su Cristo reúne desde entonces, y que constituyen la odiosa descendencia del demonio para sostener el infernal combate.

La sociedad de los regenerados en Cristo y por Cristo es la Iglesia santa. Y las fuerzas que en todos los siglos ha congregado el infierno contra ella se llama hoy la Revolución. Claros aparecen los términos del problema de hoy, que no es más que el problema del Paraíso Terrenal y el de todos los siglos hasta la consumación y juicio, que será su solución definitiva.

María, y su descendencia, a un lado con la bandera de toda verdad y de todo bien. Luzbel, con los que se han querido hacer raza y ejército suyo, al otro lado con la bandera de todo error y de todo mal.

La tierra estremeciéndose al choque de estos ejércitos opuestos, que en vano hay quienes sueñan aún hoy día poder reconciliar y fundir en una común fórmula.
¿No se comprende así perfectamente porqué el pueblo cristiano le muestra al augusto misterio de la Inmaculada no sabemos qué suerte de instintivo cariño?

Es que ve en él un retrato de su lucha, al mismo tiempo que una prenda y seguridad de su victoria.

Luchar siempre con enemigos de Cristo y siempre vencerlos. No desconfiemos jamás de esta nuestra misión.

Celebremos, pues, la fiesta de hoy como la genuina fiesta de la Iglesia Militante.

El monstruo infernal se encuentra otra vez detenido en su fiera embestida por el pie de esa Niña celestial en la cual ha querido Dios viésemos los católicos de hoy nuestra bandera y nuestra victoria.

Los destinos del mundo están hoy pendientes de este duelo terrible entre la doctrina personificada en la Revolución, y la doctrina personificada y como compendiada en el dogma de la Inmaculada Concepción de María.

Asistimos a una de las fases más espantosas de la grandiosa lucha entablada desde el principio del mundo entre el error y la verdad, entre el mal v el bien entre el infierno y Dios.

En esta batalla, tal vez la postrera que presencien los siglos antes de que resplandezca de lleno sobre ellos la plenitud del Reinado de Jesucristo:

* el infierno ha escrito en su estandarte la palabra REVOLUCIÓN.
* el dedo de Dios ha escrito en el nuestro la palabra MARÍA INMACULADA.

Uno y otro lema son a la vez grito de guerra y símbolo de opuestas doctrinas.

¡Adelante los hijos de la Inmaculada!

¡No en vano la Providencia divina ha hecho resplandecer este dogma con más vivos fulgores en esta época de vacilaciones y de tan general descreimiento!

A la sombra de este lema glorioso ha querido Dios que combatiésemos los católicos de hoy.

¡Combatamos con fe!, ¡sobre todo con esperanza!

Lo que en los tiempos modernos se conoce con el nombre de Revolución europea, no es, hemos dicho, sino un episodio de la gran lucha que desde la cuna del mundo sostienen el mal contra el bien, la mentira contra la verdad, el infierno contra Dios. Lucha que empezó en los cielos con la rebelión de Lucifer y de sus Angeles, continuó en el paraíso terrestre con la seducción lastimosa del primer hombre, y acabará al fin de los siglos con la aparición del Anticristo.

Cada época la ha presenciado con distinto nombre. El misterio augusto de la Inmaculada Concepción de María es como un compendio de todo esto.

Dios ha querido presentarnos su Madre, como la primera vencedora de nuestro común enemigo, para movernos y alentarnos á las mismas victorias.

¡Confiemos!

La lucha colosal que sostiene el infierno contra nosotros, no es propiamente contra nosotros, sino contra Dios. Pertenece a Dios vencer por nosotros, o que venzamos nosotros con la ayuda de su brazo. Quien así no lo crea no es católico.

Quien en el misterio de la Inmaculada Concepción de María no ve un misterio de consuelo, de esperanza y de infalible seguridad, no tiene fe.

Quien renuncia al combate, es un cobarde.
Los católicos tienen la necesidad inevitable de la lucha y la seguridad infalible de la victoria.

 

La causa es de Dios…

Y a Dios se lo puede combatir, pero no se lo puede vencer…

¡Oh María, sin pecado concebida!
¡Rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
¡Ave María purísima!
¡Sin pecado concebida!
¡Ave María purísima!
¡En gracia concebida!

Nota: Sobre este tema, véase la Bula “Ineffabilis Deus
Tomado de Signum Magnum

(Retirado do blog: Radio Cristiandad)
PS: Grifos meus
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